jueves, 20 de abril de 2017

UN ENCUENTRO EN JAMAICA - ANTOLOGIA AMOR EN VACACIONES


Sinopsis



Elizabeth Ann O'Connors, estaba harta. ¿Podía ser posible que no existiera un hombre decente y normal en la faz de la tierra? Seguro debía ser ella y sus imanes para gente inapropiada. Ya no más. En plan de solo divertirse, tomó un avión y organizó encontrarse en Jamaica con su amiga Irene, que vivía en California.

Luka Kuznetsov, se dedicaba a desarrollar videojuegos, para Bungie Studio y toda su vida pasaba detrás de la pantalla de un ordenador, sus amigos no estaban muy de acuerdo, por lo que se vio arrastrado literalmente, a pasar una semana tendido bajo el sol en blancas arenas bebiendo mojitos.

Un avión demorado y la reubicación de vuelos hicieron el resto. Un encuentro fugaz y un adiós repentino, pueden ser tanto el final como el principio de esta historia. 



Relato
Mirko, el barman, limpiaba con entusiasmo la barra de su parador. La madera brillaba bajo su cadencioso movimiento y desprendía un suave aroma a limón. El sol estaba haciendo su recorrido descendente en el cielo, cambiando los colores a su paso. Las sillas de madera estaban acomodadas, las sombrillas abiertas, y las velas en su copón de cristal adornadas con flores blancas, en el centro de cada mesa.
Muy pocas personas habían llegado, la mayoría locales, que se habían alejado con sus tragos de ron, para pasear por la playa.
Acomodó su delantal que llegaba casi hasta el suelo, lo ató veloz a su cintura por sobre su uniforme de pantalón tipo pijama y camiseta, todo en color negro. Sus ojos verdes notaron en un parpadeo, la entrada de su clienta favorita de los últimos días. Su sonrisa perfecta y blanca se ensanchó aún más cuando la saludó.
—Mi bella Elizabeth, ¿todavía por aquí? —preguntó acercándose hacia el taburete donde se había sentado la rubia.
—Sí Mirko —dijo en medio de un suspiro—, mi vuelo está cancelado, tengo las maletas despachadas, van a avisarme cuando me ubiquen en otro avión. Irene ya está rumbo a California. Para Miami todavía no hay nada —agregó resignada frente a la espera incierta.
Después de la primera noche que Irene y Elizabeth estuvieron en su bar, ya no pudo olvidar esos ojos celestes como el cielo que lo hacían sonreír sin motivo aparente. Él estaba muy acostumbrado al coqueteo incesante de las chicas, y no tan chicas que llegaban a su bar, y a todas les devolvía el favor, pero con Elizabeth lo inusual ocurrió. Ella parecía una negada a todo lo que tuviera que ver con los hombres en la isla, todo lo contrario de Irene por supuesto, que bailó con cuanto moreno, rubio o pelirrojo se lo pidiera. Elizabeth había ido para disfrutar de las playas, de su amiga y de los mojitos.
Le dedicó un guiño pícaro y se giró para prepararle su mojito. Le agregó el doble de menta y de azúcar, completó con una pajita. Acercó dos posavasos y los ubicó frente a Elizabeth que jugaba con su teléfono móvil.
—Gracias Mirko, eres un sol —agradeció con una sonrisa. Luego tomó un sorbo de su trago, se bajó del taburete y caminó descalza por la arena, hasta el borde del agua.
Sus pasos lentos, seguían el ritmo de la música que sonaba en el ambiente cantando la melodía.
♪♪ Hello from the other siiiiide… ♪♪
Estaba encantada con la cantidad de covers tipo reggae que había escuchado estos días. En ese momento sonaba Hello de Adele, cantada por Rosie Delmah y Conkarah.
No tenía muy claro si era el lugar o la compañía de Irene, ella siempre tan despreocupada de todo, disfrutando al máximo cada día, que todo le gustaba en ese rincón perdido del mundo. Era como si nadie supiera dónde se encontraba Playa Long Bay, pero la seguridad que nadie conocido habría por allí, la hacía sentirse segura. Más que segura, la palabra que buscaba era libre.
Caminando por esas playas de finas arenas blancas, se dio cuenta de cuántas barreras se auto imponía. Siempre correcta, centrada, buscando la perfección y el orden en todo lo que la rodeaba. Como si eso fuera posible. Para su trabajo de diseñadora de interiores era perfecto, para las relaciones interpersonales, un perfecto desastre. Sí claro, porque ella, Elizabeth O'Connors, todo lo hacía perfecto, incluso los desastres.
Cansada de un día en extremo largo, se sentó en la arena tibia y juntó las rodillas en su pecho. El hielo danzaba en el vaso, tentándola con su suave tintineo. Negó con la cabeza ante sus disparatados pensamientos, y se bebió el resto del contenido del vaso en un solo trago. El vértigo de su cabeza yendo de golpe hacia atrás, la hizo sonreír. Parecía cosa de locos, fue por una semana de diversión y casi sobre la vuelta, se estaba replanteando sus 25 años de vida.
¿Se lo habría cuestionado si el avión la hubiera sacado de la isla en tiempo y forma? Otro misterio de la vida, por lo visto.
El vaivén de las olas la mantuvo centrada en sus pensamientos, tanto así, que no se dio cuenta cuando la luz de sol se fue del todo y las antorchas fueron encendidas.
Unos gritos en la barra la sacaron de su ensoñación. Con una bocanada de aire profunda, se puso de pie. Chequeó su teléfono, ni una sola y pequeña novedad de la aerolínea. Por supuesto sabía que tenía una habitación aguardándola en el aeropuerto, cortesía de Caribbean Airways, pero prefirió volver a lo de Mirko cuando la siempre sonriente empleada de asistencia al viajero le indicó que al menos se esperaban unas doce horas de espera. ¿Dormir? Ya tendría tiempo de dormir en el vuelo, sobre todo luego de los riquísimos mojitos que preparaba el barman.
El grupo de cuatro se robaba las miradas femeninas esa noche, Mirko los observaba desde la barra, ellos estaban tan distraídos que ni se daban cuenta. Habían pasado por allí hacia un par de noches con el mismo resultado. Tres de ellos se despidieron a los gritos del último compañero que quedaba solo en la mesa. Cuando el taxi se marchó, el muchacho de pelo castaño ensortijado y mirada chispeante se acercó a la barra.
—¡Hey! —dijo mirando la chapa de identificación— Mirko, ¿qué me recomiendas esta noche?
—¿Mojito?
—Mmm... tentador, pero pensándolo bien, mejor no mezclar, dame una cerveza bien fría y ya.
—Tus amigos se fueron, ¿problemas con el vuelo? —preguntó al dejar una botella de Stella Artois helada sobre el mostrador.
—Sí... ¿cómo sabes? —dio un trago largo.
—No eres el único —rio y se alejó para atender a otros clientes.
Luka giró y sus ojos quedaron trabados en la belleza rubia que caminaba descalza y ausente a todo cuanto la rodeaba. Su falda se pegaba a sus piernas con la brisa de la noche mientras su cabello revoleaba a su alrededor. Sus pasos cortos y su andar tan femenino lo cautivaron en ese instante. La veía acercarse en cámara lenta mientras su corazón latía cada vez más rápido.
No había ido en plan de ligue a esas vacaciones, de hecho ni quería ir, sus amigos lo arrastraron. Les dijo una y otra vez que no podía dejar su proyecto, que debía terminarlo en ocho semanas antes de tomarse unos días para la boda de su amigo de toda la vida. Ya había organizado viajar a Washington desde New York para esa fecha y prefería tener tiempo para trabajar sin prisas. Nada les importó, no es que lo secuestraran ni nada por el estilo, pero cuando esos tres locos se complotaban era imposible escapar. Al fin de cuentas no lo había pasado mal, y estaba teniendo frente a sí, el broche de oro.
¡Diablos! Ella era perfecta... simplemente perfecta.
El viento sopló más fuerte y el cabello le cubrió los ojos, trastabilló al querer colocarlo tras su oreja y mover rápido la cabeza.
Estaba cayendo en cámara lenta o eso le parecía, cuando unos brazos la atajaron a medio camino del suelo. Luka la ayudó a incorporarse, y mantuvo sus manos en sus brazos, la chica elevó el rostro y él de ninguna manera estaba preparado para lo que vio, y mucho menos para lo que sintió. Esos ojos celeste como el cielo, de mirada brillante y sorprendida se anclaron en la suya del color de las avellanas, dejándolo imposibilitado de hacer mucho más que no fuera mirarla y respirar. Algo entrecortado, pero respirar al fin.
Ella sonrió y podía jurar que la noche se hizo más clara.
—Gracias —susurró ella mirándolo con cierta... ¿timidez?
—De... de nada —carraspeó bajito encontrando al fin la voz— ¿Estás bien?
—Sí... —afirmó, incluso con un gesto de la cabeza poniendo énfasis en su afirmación— sí... muy bien.
Ya no tenía excusa para sostenerla más; pero no podía, no quería dejar de tocar su piel, tan suave y cálida. Mil pensamientos atravesaron por su mente.
¿Toda su piel sería así? ¿Toda ella olería a duraznos frescos?
Su cabeza era un remolino que no paraba un instante. Sentía cómo las manos de él quemaban su piel, y un leve temblor la recorrió de pies a cabeza cuando lo miró a los ojos. Algo primitivo la sacudió, muy diferente a lo que alguna vez sintiera. Era una locura, no lo conocía de nada, podía ser un sicópata con cara de niño bueno y ella estaba sola en esa isla. Así las cosas, sabía que debería sentir al menos cierto recaudo, pero eso no estaba ocurriendo. Y eso no era nada usual.
En general leía las intenciones en las acciones como un libro abierto, y lo más triste era que no se equivocaba. Nunca.
—¿Quieres sentarte un momento? —preguntó él deseando quedarse cerca de ella un poco más.
—Sí claro... —aceptó enseguida. Imposible decirle que no, cuando todo en ella gritaba por permanecer cerca.
Él corrió una silla y la instó a sentarse, y ella lo hizo con una sonrisa bailando en sus labios. Aprovechó la oportunidad para acercar más su propio asiento y no quedar enfrente a ella, sino al lado.
—Creo que no nos conocemos, soy Luka —dijo en tono medio serio medio en broma al tiempo que extendía su mano en saludo formal.
—Encantada de conocerte Luka, soy Elizabeth —extendió la mano y otra vez ese cosquilleo en su piel.
—¿Así que encantada, eh? —guiñó un ojo.
—Bueno, pensé que estábamos siendo políticamente correctos, ¿no? —respondió risueña.
—No.
—¿No?
—Casi... —cedió por no decirle que lo único que quería hacer, era seguir rozando su piel de alguna manera
—¿Y qué te trae por aquí Elizabeth?
—Vine de vacaciones con mi amiga. Pero el avión esta demorado.
—El mío también —dijo con una sonrisa.
—No pareces decepcionado.
—Es que no lo estoy ni un poco.
—¿Siempre eres así de directo?
—No.
—¿No?
—Casi…
—¿Y por qué ahora sí? —su curiosidad estaba ganando la partida por lejos.
—No lo sé —se encogió de hombros y bebió de su botella de cerveza.
—Ajá... ¿y yo debería creer todo lo que digas?
—Como deber no deberías, pero podrías...
—Veremos —rio. Al final de cuentas él no lo sabía, pero ella sí le creía, algo le decía que lo que veía era real.
—Brindemos —propuso elevando su botella.
—Mmm… no tengo con qué brindar, mi mojito se terminó —ondeó el vaso delante de Luka haciendo un mohín gracioso.
Él hizo una seña a Mirko y en unos segundos tenía frente a ella un jugo de naranja.
—¿Cómo sabe…? —buscó en su memoria el nombre y ya se lo había olvidado.
—Mirko —acotó Elizabeth.
—¡Eso! ¿Cómo sabe Mirko qué tomas? —preguntó más serio de lo que esperaba se notara.
—Porque vinimos varias veces con mi amiga estos días —respondió. “Y eso" pensó Elizabeth. Raro.
—Ahora sí, brindemos.
—¿Y por qué brindamos?
—Por las demoras en los vuelos y las oportunidades.
—Por demoras y oportunidades.
Chocaron los cuellos de la botellas y bebieron sin despegar los ojos uno del otro. La conversación paso por los tópicos normales de trabajo, amigos, faltó el signo del zodíaco y era una cita a toda regla. Por suerte no lo era. ¿No?
La música había subido un poco de volumen y varias parejas bailaban en la improvisada pista con piso de arena. Alumbrados por antorchas, con las olas rompiendo suavemente en la orilla y la luna como mudo testigo de esa noche única robada al tiempo.
—¿Bailamos? —preguntó extendiendo la mano y con la cabeza ladeada.
Elizabeth se levantó y tomó la mano que Luka ofrecía. Él lideró los pocos pasos que los conducía a la improvisada pista de baile. Detuvo su andar y se giró. Su mirada se perdió en sus manos juntas y en lo bien que se sentía tenerla así, cerca, demasiado para su buen juicio. Con su aroma de duraznos inundando su espacio personal e imposibilitándolo de cualquier pensamiento coherente o moderado.
Él era un hombre centrado, muy ordenado, sus amigos decían que algo maniático al respecto, pero seguro exageraban. Y tenía una teoría que lo probaba: cuando uno estudia programación, luego lo aplica a la vida diaria, entonces todo es ordenado, fluido, varias tareas se hacen al mismo tiempo, y todo termina resultando como se planeó desde un principio. Su mente brillante siempre pensaba toda una amplia variedad de soluciones a hipotéticas situaciones.
Había un solo inconveniente en ese preciso instante con ese tópico en particular. Nunca se imaginó que una mujer con su sola presencia, le impidiera pensar con claridad, así que todo el resto quedaba obsoleto.
Elizabeth sin mediar palabra, y sin destrabar sus miradas, se acomodó entre sus brazos, sintió cómo sus manos se calzaron en su espalda baja. Elevó las suyas y las ancló en su cuello, frenándose a sí misma de enredar los dedos en su cabello ensortijado. Hundió sin poder evitarlo el rostro en su cuello, y el pulso se le aceleró. Su perfume fresco, varonil le hizo cerrar los ojos y aspirar profundo un par de veces.
Las manos en la cintura fueron cerrándose poco a poco hasta quedar pegados el uno al otro, Luka bajó la cabeza y sus labios quedaron a muy escasos milímetros de la oreja de Elizabeth.
Sentir el aire tibio de su respiración rozando su mejilla, era mucho más que lo que le hubiera permitido a nadie que conociera desde un par de horas.
En un momento la música cambió, y por los parlantes del lugar flotaba su canción preferida de Adele “Make you feel my love” cómo no, en versión reggae. ¿Es que todo sonaba bien en ese ritmo o era solo su impresión?
Luka subió las manos recorriendo los costados de su cuerpo, con una caricia tan lenta que toda la piel se erizó, despertando cada poro a su paso. Paseó por sus brazos y llegó hasta sus manos, entrelazando sus dedos se alejó un paso abriendo un hueco entre ambos.
El suspiro de Elizabeth no pasó desapercibido para ninguno de los dos, con la cara en llamas, vio como una sonrisa de absoluta satisfacción masculina colgaba de sus labios. Con una mirada lobuna, muy poco común en él, se permitió observarla sin disimulo desde esos preciosos pies descalzos, el suave contoneo de sus caderas, su escote delicado que le hacía volar la imaginación. Su mirada se posó por un segundo de más en su cuello esbelto. Su furioso palpitar lo invitaba a besarlo con necesidad insana.
Luka se humedeció los labios de forma inconsciente, esa mujer lo tenía sumido en un estado prácticamente animal que le era por completo desconocido, a merced de sus impulsos.
Continuó su tortura personal por el contorno de su rostro, de una oreja a la otra, su nariz respingona y el lunar pequeñito que tenía junto al labio. Quiso besar ese lunar, o por lo menos comenzar por allí.
Elizabeth sentía como la sangre le circulaba en las venas cada vez más rápido y más caliente. Su respiración agitándose con cada segundo que pasaba. Tenerlo tan cerca y mirándola de esa manera, estaba trastornándola, incendiándola despacio, muy despacio.
Verlo humedecer los labios detonó y voló por los aires cualquier reparo que pudiera pensar siquiera. Luka se acercaba a su boca y le parecía que tardaba una eternidad.
En un movimiento inesperado él soltó sus manos al tomarla por la cintura y la nuca al mismo tiempo, sus manos quedaron sueltas y lánguidas dejándola por completo vulnerable y entregada a lo que fuese que fuera a ocurrir.
El tiempo se detuvo, ni las olas se escuchaban, solo sentían el corazón de uno retumbando contra el del otro, con golpes rápidos y fuertes que se percibían más allá de la piel. Como si lo hiciera desde siempre, sus manos se unieron a los brazos que la tenían sujeta cual banda de acero forjado, y fueron escalando, apretando y acariciando toda la piel a su paso, sus músculos definidos, sus hombros anchos, podía sentir el eco de su pecho en su cuello latiendo descontrolado. Enredó los dedos en su cabello y se deleitó en la suavidad de sus ondas.
De alguna manera mientras bailaban habían llegado hacia el costado de la pista, donde las luces mermaban y una pila de rocas, o algo así, separaba esa locación de la siguiente.
Elizabeth fue consciente de su cuerpo cuando su espalda, protegida con las manos de Luka, chocó suavemente con la improvisada pared.
Sus labios se separaron no así sus miradas, ancladas por una fuerza que los superaba a ambos, respirando agitadamente. Les llevó como un milisegundo a ambos darse cuenta que ninguno de los dos quería detenerse en ese momento.
No querían, no podían.
Luka se acomodó entre sus piernas y con un beso salvaje devoró ese cuello, de un lado al otro, mientras la cabeza de Elizabeth caía sin fuerzas hacia atrás exponiendo más piel, azuzando sus deseos, tentándolo con su piel de porcelana.
Ella flotaba en la bruma de la pasión desatada que era su existencia en ese momento, abrazándolo con todas sus fuerzas, rompiendo sus barreras, cediendo a sus deseos.
Las manos de Luka dibujaron el contorno de su cadera, ella se dejó llevar y subió la pierna, que él recorrió con prisa de arriba abajo, buscando piel y encontrando la suavidad y el calor que anhelaba con desespero.
Elizabeth ajustó el abrazo de su pierna y lo atrajo más hacia ella, ninguna proximidad parecía suficiente. En un movimiento ágil, Luka enlazó la otra pierna femenina en su cintura, perdiendo en ello, la poca razón que aún le quedaba.
Afirmó sus piernas y arremetió contra su cuerpo arqueado, maldiciendo todas las capas de tela que los separaban.
Ella flotaba, cada vez más alto, más lejos de sí misma, si no paraba en ese instante iba a romperse en un millón de pedazos, iba a explotar y lo sabía, no era el momento ni el lugar, pero no podía detenerse. Sentirlo tan descontrolado y que fuera por ella, hacía crecer en su alma una emoción casi desconocida, embriagadora hasta la locura.
Luka salió de su propia burbuja de pasión al escuchar los gemidos ahogados de Elizabeth, estaban llegando al punto de no retorno y eso lo incendió aún más. Se debatía entre dar rienda suelta al desenfreno que lo estaba volviendo loco, o poner un paso de distancia de esa mujer que logró desbaratar toda su impecable vida con el solo hecho de respirar cerca de él.
Dejó de morder esos labios que sabían a naranjas dulces y duraznos maduros, con besos cortos. Elizabeth se sujetó de su cuello, y respondió con dulzura y un suspiro pequeño. La miró a los ojos y un nuevo amanecer apareció frente a sus ojos.
El mágico momento lo rompió el sonido estridente del ringtone de mensajes entrantes del teléfono de Elizabeth, que descansaba en la mesa.
Luka le dio un último beso y la ayudó a ponerse de pie. Ella acomodó su ropa y su cabello, él deslizó un mechón rubio detrás de la delicada oreja. Besó la punta de su nariz.
Elizabeth sonrió y caminó hacia el teléfono, lo desbloqueó y leyó sin decir nada por todo un eterno minuto. Luka la miraba en absoluto silencio, si era lo que él pensaba, ella se iría. Se alejaría de él y de solo imaginarlo se le cerraba la garganta.
Ella miró a la barra y le hizo una seña a Mirko. Dio un largo suspiro y guardó sus pertenencias en su mochila.
—Elizabeth… —susurró Luka, tocando con la punta de los dedos la piel de su brazo.
Ella sacudió la cabeza una, dos veces y se giró para enfrentarlo. Su mirada anhelante, la golpeó de repente. Vio en sus ojos, las mismas sensaciones que ella sentía. Pero ya no había tiempo.
—Luka… yo… me tengo que ir.
Él bajó la cabeza con un gesto entre derrotado y frustrado.
—Entiendo —dijo de la manera más neutral que pudo.
—Mi vuelo sale en tres horas.
—¿A dónde vas? —preguntó cauteloso. “Por favor di New York” rogó con todas sus fuerzas. En la conversación, surgió dónde vivía él, pero de ella todavía no lo sabía.
—Miami —dijo con un suspiro triste.
“Y ahí va mi suerte”.
—¿Ese es tu taxi? —preguntó mirando hacia la salida por sobre el hombro de Elizabeth.
—Sí, ya me voy.
—Te acompaño —agregó y descolgó la mochila de su hombro, cargándola en el suyo—. Vamos —la tomó de la mano y la condujo al vehículo.
Abrió la puerta trasera y dejó la mochila en el asiento, cuando Elizabeth se acercó la giró con suavidad sin mediar palabra.
La apoyó contra el auto y devoró su boca, hasta que sus piernas casi no la sostenían. Se separó con un beso sonoro, acunó su rostro con las manos y besó su frente.
—Ahora sí, adiós Elizabeth. Buen vuelo.
Una aturdida Elizabeth trataba de asimilar sus palabras, sabía que tenía que subirse a ese taxi a la de ya, pero todo en su cuerpo, le decía que estaba mal. Haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad bajó la mirada y se escabulló en el asiento, antes de hacer una estupidez.
Luka cerró la puerta y golpeó el techo dos veces con la palma abierta. El chofer arrancó y él se quedó plantado en el suelo, hasta que perdió de vista las luces rojas traseras.
*****
Las oficinas de Bungie Studio estaban en el corazón de Manhattan, eran muy espaciosas y funcionales, con unas vistas que eran la envidia de cualquier humano que tuviera una ventana. Pero algo no estaba bien, llevaba seis semanas trabajando todos los días. Y ya tenía quince días de retraso, esa semana en Jamaica la recuperó rápidamente, lo que no podía recuperar era su concentración, los primeros días fueron fáciles, le echó la culpa a lo reciente del suceso, cuando pasaron las semanas y la situación no mejoraba, se supo en alerta.
No podía buscarla, lo único que sabía era que se llamaba Elizabeth. ¿Cuántas habría en Miami? Un par de miles, quizás. Tampoco iba a ir de timbre en timbre como un desquiciado, aunque las últimas noches había surgido como una posible, muy lejana, y demasiado loca solución. Se despertaba en medio de la noche, agitado y sudoroso, con su nombre en los labios. El sonido de su teléfono, lo sacó de sus cavilaciones.

♪♪ “At night I wake up
with the sheets soaking wet
and a freight train running
through the middle of my head.
Only you can cool my desire”[1]♪♪

No había duda, que su mejor amigo lo odiaba, el tipo tuvo la brillante idea, cuando lo visitó unos días atrás en New York, de cambiarle el tono de llamada de su número, por el recordatorio de su infierno nocturno personal. Pero… le había pedido ser su padrino de bodas así que le permitió la broma, con la condición que Lionel en persona se lo quitaría cuando se encontraran en Washington, el día de la ceremonia. Y ahí estaba el feliz novio llamándolo un viernes a las nueve de la noche ¿Es que no tenía que salir con su futura esposa? ¿Organizar detalles de la boda? ¿Algo? Descolgó sonriendo con sus propios pensamientos.
—Hola amorcito ¿Ya me extrañas? —levantó el tubo con un tono burlón.
—Siempre mi vida, ¿qué sería de mí sin ti? —respondió todo coqueto. Si lo conocería demasiado que sabía que el sinvergüenza estaba incluso batiendo las pestañas.
—¿No tienes nada que hacer un viernes por la noche? Vamos hombre que no se diga que soy tu única fuente de entretenimiento…
—La única no, pero seguro es inagotable.
—Idiota —dijo levantándose de su sillón y caminando hacia la ventana.
—Yo también te quiero.
—Sí claro…
—Por supuesto que sí y por eso te llamo.
—Vamos, dime ya.
—Bueno, en estos días tiene que llegarte la invitación a la boda… —comenzó a explicar. Mmm… muchas vueltas, nada bueno, pensó.
—¿Soy el padrino y no estaba invitado? Lionel Smith, ¿qué cara, hermano? —interrumpió divertido.
—Por supuesto, pero tu invitación es solo para ti, sin ningún invitado extra.
—Eeehhh… —dudó un instante— bueno no había pensado en ir con nadie pero… ¿por qué me lo aclaras? Lionel… —dijo su nombre con tono serio. Ya veía por dónde venían los tiros y las citas a ciegas no le gustaban. Y menos en un casamiento, de donde no tenía escapatoria posible.
—Es que…—su amigo bufó del otro lado de la línea, exasperado cuanto menos—, Heidi me convenció para que su dama de honor y tú…
—Estás loco… —quiso interrumpirlo pero Lionel no dejaba de hablar.
—No, en serio, Lizzy es la mejor amiga de Heidi y tampoco va a ir acompañada…
—Y entonces yo soy su niñero —resolvió la situación— ¿Lizzy la escurridiza?
—No le digas así delante de Heidi porque vas a tener problemas, y yo también. Está siempre muy ocupada y es perfeccionista como tú, deberías ser más solidario.
—Ok, ok —cedió al final—, le haré compañía a su alteza Queen Lizzy ya que nos honra con su emblemática presencia —agregó en medio de las risas, al fin y al cabo, tampoco iba a llevar a nadie, así que daba lo mismo.
—Gracias hermano, te debo una.
—Dos —remarcó Luka—, esta y el ringtone.
—Nos vemos en unos días.
—Nos vemos.
Dio por terminada la llamada con una sonrisa en los labios, se habían criado juntos y lo quería como el hermano que no tenía. No había nada que no hiciera por Lionel, hacer de niñera era lo de menos.
*****
Los últimos días fueron una locura en su trabajo, parecía que todo lo que el señor Parks –su cliente– quería, su esposa le llevaba la contraria, y Lizzy en medio de ese fuego cruzado de voluntades, viendo cómo pasaban las horas y cada vez se atrasaba más. Por fin había terminado con los Señores Parks hacía exactamente dos, horas. Se había despedido de ellos tan amablemente que nadie sospecharía que estaba a punto de perder su escasa paciencia.
El tiempo se convirtió en su aliado gracias a todos los cielos. Pudo preparar su pequeña maleta con el recambio de ropa, el hermoso vestido y los zapatos la esperaban junto con la novia.
En el hotel la esperaba todo el séquito de asistentes, maquilladoras y estilistas que su mejor amiga y hermana del alma había contratado para su boda. Así las cosas, tenía apenas cuarenta minutos para llegar a tiempo y que Heidi no entrara en crisis.
Colocó su mochila en el asiento del copiloto de su Smart color blanco junto con la pequeña maleta. Se calzó los anteojos de sol y puso rumbo a un día de ensueño.
Heidi había planeado su boda desde que eran unas niñas, y Lionel enamorado como estaba de su futura esposa le consintió hasta el último de los detalles y caprichos.
La única preocupación con respecto a la ceremonia era que no conocía al padrino. Por todo lo que Heidi le había contado, eran amigos desde pequeños, como ellas, pero al estudiar diferentes carreras y vivir en diferentes estados, se veían mucho menos de lo que quisieran. Misma razón por la que no había podido asistir a los ensayos, de todos modos, ¿qué podía salir mal? Mientras recordara su discurso y supiera bailar, todo sería genial.
Porque sí, como ella no tenía pareja y él tampoco, se iban a hacer compañía. No era su costumbre pero siendo que era el mejor amigo de Lionel, iba a confiar en que fuera una persona al menos agradable.
Miró la hora en el tablero del auto y aceleró un poco más. Estaba que desbordaba de emoción y felicidad, quería llegar cuanto antes para compartir con Heidi, todo lo que juntas soñaron durante tanto tiempo.
Estacionó en el 806 15th Street NW, frente al Sofitel Washington DC, un valet se hizo cargo de su auto y un botones la acompañó con su maleta para registrarse.
Los padres de los novios, algunos familiares de ambos que habían viajado para la ceremonia, el ignoto padrino y ella, pasarían el fin de semana en el hotel, descansando y disfrutando de las actividades mientras los novios emprendían su viaje de luna de miel rumbo a París.
Acomodó sus pertenencias en su habitación y corrió por el pasillo hasta encontrar la suite donde se estaba preparando Heidi.
El abrazo que las reunió no tenía precedente como así tampoco los gritos, llenos de risas, lágrimas y pura felicidad que las embargaba en ese momento. Solían tener esos encuentros en donde las dos hablaban al mismo tiempo, en medio de saltos y se entendían perfectamente.
Lionel, muchas veces mudo testigo de esas reuniones, seguía sin comprender cómo era posible. Hoy era una de esas veces.
Su suite, donde se cambiaría con el padrino, su amigo Luke, estaba cruzando el pasillo. Hasta allí se escuchaban los chillidos de las chicas.
Caminó hasta el mini bar y sacó dos botella de agua, una para él y otra para su amigo, que miraba asombrado en dirección a la puerta.
—Bueno, parece que tu acompañante llegó —dijo extendiéndole la botella.
—¿Esos gritos te dan la pauta? —preguntó asombrado— si va a gritar así toda la tarde hermano, te casas y me voy —completó entre risas.
—No te preocupes, es cuestión de unos minutos, cuando se les acaba el oxígeno se detienen y luego hablan normal —rio.
—Uff menos mal —suspiró Luke bebiendo un trago de agua helada— al fin conoceré a la escurridiza “Lizzy” —dijo divertido, remarcando su nombre con cierta tonadita para poner nervioso, como si fuera posible un poco más, al futuro novio.
—Luke… —replicó en modo serio— no es broma, a Heidi no va a causarle gracia —dijo mientras abotonaba su camisa blanca.
—Relájate hermano, todo va a salir bien —le dio una palmada en el hombro.
—¿Ya tienes preparado tu discurso?
—¿Qué discurso? —abrió los ojos desmesuradamente y lo observó como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿¡Qué!? —Lionel comenzó a hiperventilar y se dejó caer en una silla.
—¡Vaya por Dios hombre! Estás hecho un manojo de nervios que era una broma.
Las risas distendieron los nervios y todo seguía su curso para dar comienzo a la feliz ceremonia.
Sophie, la organizadora de eventos, golpeó suavemente la puerta de la suite del novio. Luke respondió.
—¿Sí?
—Necesito al padrino en el hall con la dama de honor para juntos ir al salón de ceremonias.
—Ya estoy listo —se giró hacia Lionel, cuando la chica cruzó el pasillo y tocó en la puerta de enfrente. Se abrazó a su amigo—, nos vemos abajo.
Luke salió al hall, sabiendo que conocería a su compañera de esa tarde. Se escuchaba un murmullo de voces femeninas inteligibles. Cuando Sophie se retiró por el pasillo hablando sin parar por el intercomunicador y manipulando su Tablet, el cielo y el infierno se abrieron a sus pies.
Allí, frente a él, parada en el mismo pasillo, a escasos tres metros estaba Elizabeth. Su Elizabeth. Más hermosa que la única, y última vez que la vio.
Su cabello rubio recogido en un moño flojo, dejando al descubierto su níveo cuello, la mirada brillante, mezcla de sorpresa y del mismo anhelo que él sentía.
Si tuviera que describirla por cómo se veía, diría que era lo más parecido a un hada que hubiera visto jamás. Con sus hombros desnudos, llevaba puesto un vestido color durazno, que no hizo más que recordarle su aroma personal, ese que lo volvía loco de día y de noche de igual manera. Un tocado pequeño de flores blancas completaban el peinado y él no podía quitarle los ojos de encima.
Y si tuviera que describirla por cómo se sentía en ese momento, diría que era un demonio alado, que se había personificado para ahondar la tortura de no tenerla cerca cuanto él quisiera.
El corazón de Lizzy amenazaba con escaparse de su pecho en el preciso momento que abriera la boca. ¿Qué hacía Luka allí?
Lo miró con el mismo detenimiento que él le había dedicado. Si vestido de jean y camiseta era comestible, con esmoquin parecía de fuera de este mundo. El saco se ajustaba a sus brazos a la perfección, ¡Dios esos brazos!, recordarlo cómo la habían tenido sujeta hizo que todo su cuerpo se inundara de una calidez muy familiar que solo la asaltaba cuando recordaba en el amparo de su secreto, los últimos momentos vividos juntos en Jamaica.
La camisa blanca impoluta le daban ganas de recorrerla por sobre la hilera de botones, con la punta de los dedos hasta el cuello y poder arrancar ese perfecto corbatín y mandarlo a volar por los aires. Se recriminó mentalmente la línea de pensamientos en la que había descarrilado su imaginación con solo tenerlo cerca.
La puerta de detrás de Luka se abrió y por allí se asomó Lionel.
—¡Qué bien! —dijo con entusiasmo— estamos casi sobre la hora, pero al menos nos dará tiempo para las presentaciones luego se conocen durante la fiesta.
Miraba alternadamente a uno y a otro, y notó, cómo no, que ambos se miraban ajenos casi, a toda su perorata. Carraspeó un par de veces para llamarles la atención.
—Luke, te presento a Lizzy, la mejor amiga de Heidi —sonrió.
—Elizabeth… —suspiró casi su nombre extendiendo la mano para saludarla, si se acercaba un poco más, no tenía muy claro lo que pudiera pasar.
—Lizzy, la familia y los amigos me dicen Lizzy —respondió a su vez colocando su palma en la de él.
—Mis amigos me dicen Luke —dijo sin soltar la pequeña mano y con una sonrisa imposible de tan enorme.
Lionel no salía de su asombro, ¡¿Lizzy es Elizabeth?! no sabía si se lo preguntaba o si lo afirmaba. De lo que era consciente era de todas las posibilidades que este reencuentro suponía.
Por el pasillo apareció una agitada Sophie, que les hacía señas desde unos metros para que se apuraran.
Luke avanzó un par de pasos y quedó muy cerca de Lizzy, se llevó su mano a los labios y la besó con pasión contenida, al levantar la mirada vio el suave arrebol que le cubrió el cuello y las mejillas.
—¿Vamos? —colocó la mano en el recodo de su brazo y se dispuso a caminar.
—Pero… yo… tú... —Lizzy no encontraba las palabras. Luke se giró y quedó frente a ella una vez más.
—Ssshhh… todo está bien —con su mano libre levantó su rostro para mirarla a los ojos— tenemos mucho de qué hablar pero lo haremos después ¿ok?
—Ok —asintió Lizzy con una sonrisa.
Lionel los miraba caminar juntos sin articular palabra.
El altar que los esperaba estaba precioso, Lizzy caminaba sobre la alfombra pero sentía que flotaba. Estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para concentrarse en la ceremonia, porque su mente traidora y su cuerpo rebelde de lo único que parecían conscientes era de la presencia de Luke a su lado, su aroma, el aura de seguridad que parecía flotar a su alrededor. La atraía como un imán, y eso podía ser muy peligroso.
Respiró hondo una, dos veces e intentó serenar su cabeza y los latidos de su corazón. Caminó despacio tomada del brazo de Luke, sonriendo a un lado y al otro, viendo como algunos de los presentes hacían comentarios en voz muy baja y los miraban con ternura.
¡Dios! Como en toda ceremonia estaba el grupo de casamenteras infaltables, no felices con asistir a una boda, ya iban armando en sus maquiavélicas cabezas, otras, juntando y rejuntando gente como si eso fuera de su incumbencia.
Había caminado tres pasos y la cabeza estaba por estallarle. Se afirmó en el brazo de Luke, que marchaba sereno a su lado, como si nada hubiera alrededor.
Y para Luke era así, no había nada más importante en ese momento: su amigo se casaba con la mujer que amaba y él había encontrado finalmente a Elizabeth. ¿Qué podría ir mal?
Se acomodaron uno a cada lado del altar, Luke le dio un abrazo a Lionel cuando tomó su lugar para esperar la llegada de Heidi. Su mirada se repartía entre la dama de honor dueña de sus pensamientos y el progreso de la ceremonia.
Lizzy acomodaba sin cesar el lazo de su ramo de flores para calmar los nervios, a la ansiedad del momento se le sumó Luke. ¿Cómo podía estar tan calmado? Su mente era un torbellino de recuerdos y de posibilidades mientras las notas de la Marcha Nupcial de Mendelssohn, los ponía en escena.
Miró hacia el pasillo y la imagen de Heidi con su hermoso vestido blanco la emocionó más aún. Se la veía radiante, caminando feliz hacia su nuevo destino. Nunca lo había pensado hasta ese momento, se creía una mujer muy práctica, pero la idea de algún día hacer ese mismo recorrido la colmó de ilusión. Al secarse una lágrima, sus ojos se encontraron de lleno con los de Luke, una serie de emociones recorrieron su mirada. Y se supo en problemas, hermosos problemas en realidad. Había un solo detalle a tener en cuenta ¿Sentiría él lo mismo?
—Estamos aquí reunidos, para celebrar la unión en sagrado matrimonio de Heidi y Lionel… —el sacerdote comenzó la ceremonia.
Para Luke, verla tan emocionada en el altar, hizo que se planteara cosas que hasta ese momento no le parecían viables. Desde hacía semanas que sabía que su obsesión con Elizabeth o Lizzy, no era algo pasajero ni producto de la frustración de tantas semanas atrás, cuando el aviso de vuelo los interrumpió: era mucho más que eso. No podría explicarlo con palabras, porque nunca creyó posible que algo así sucediera, pero cuando la conoció, supo en ese instante que en su vida había un antes y un después de ese momento.
Semanas pasaron y todavía podía sentir el sabor de sus labios, el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel. Contemplarla tan solo, le brindaba una alegría indescriptible.
—Heidi ¿aceptas por esposo a Lionel para amarlo…?
La ceremonia continuaba y él solo podía pensar en Lizzy. Si bien conversaron y bailaron un par de horas en el primer encuentro, sentía que la conocía, era como si sus almas en permanente deriva se hubieran encontrado. ¿Sería curioso que luego de la deriva se hubiesen encontrado a orillas del mar?
Los aplausos y silbidos estallaron con el beso de los novios en el altar. Ambos caminaron hacia el centro y se encontraron frente al altar.
Para Lizzy el mundo se detuvo una vez más, todo a su alrededor se eclipsó bajo el brillo de los ojos de Luke, veía su rostro y nada más, el entorno se desdibujó en una bruma que ocultaba formas y sonidos.
Luke la contemplaba con adoración, y ella se sentía acariciada por esa mirada del color de las avellanas. En el instante que la mano de Luke tomó la suya, el hechizo se rompió y sintió más que vio, como un velo se descorría dando paso a su nueva realidad. Más luminosa, más intensa.
Llegaron al salón y cuando iban de camino a ocupar su lugar en la mesa, vieron como Luke se acercaba a uno de los camareros y le decía algo en voz muy baja. El camarero presuroso y discreto, cambió los sitios y al llegar a la mesa, se dieron cuenta que estaban sentados juntos, no uno a cada lado de los novios.
Luke corrió su silla, y al acercarla, rozó con las yemas de los dedos todo el contorno del vestido sobre la piel de su espalda desnuda. Se quedó sin aire, y él dejó un beso rápido sobre su hombro que la hizo temblar de pies a cabeza. ¿Cómo iba a resistir toda la fiesta sin saltarle encima, era un misterio?
—¿Vas a hacer eso toda la tarde? —preguntó divertida.
—Puede… —respondió encogiéndose de hombro.
—¡Luke! —le dio un servilletazo por debajo de la mesa.
—Me declaro no culpable —dijo elevando las manos en son de rendición.
—¿Y a ver, cómo es eso? —el mohín con el que se lo dijo fue adorable.
—La única responsable o culpable para el caso eres tú —dijo muy suelto acomodando los cubiertos y sacudiendo una inexistente pelusa del mantel.
—¿Perdón? —se burló con ganas.
—Claro que sí, eres una endemoniada mujer que me tiene loco, y me mata de la tentación —dijo girando en ese instante y quedando a exactos dos milímetros de sus labios.
Lizzy tragó con dificultad y sintió cómo perdía capacidad de respuesta.
—Con ustedes el primer baile del señor y la señora Smith.
Lionel tomó la mano de su esposa y la dirigió al centro de la pista de baile de madera lustrada y brillante.
La canción elegida por los novios era Thinking out Loud de Ed Sheeran. Luke pasó el brazo por el respaldar de la silla y acercó a Lizzy a su hombro, cuando ella reposó su cabeza, él se dedicó a confortarla acariciando suavemente su brazo de arriba a abajo, con un toque tan efímero que sabía por dónde pasaba al sentir su vello erizarse.
—Invitamos a los presentes a sumarse a la pista de baile.
Por casualidad o destino, la canción se repitió para que todos la bailaran, Luke guio a Lizzy, y los dos vieron cómo la familia más allegada y los amigos más íntimos, notaron lo que estaba pasando entre ellos.
Luke acomodó sus manos en su cintura baja, como si ese fuera el único lugar donde pudieran estar, y Lizzy ancló sus manos en su cuello, jugueteando con los mechones de su cabello ondeado.
Se mecían suavemente, de manera cadenciosa, fusionándose cada vez más, hasta que Lizzy hundió su rostro en el cuello de Luke. Él bajó su cabeza hasta que sus labios rozaron la delicada oreja de Lizzy, y cantó muy bajito para ella:

Darling I will be loving you till we're seventy
and baby my heart could still feel as hard at twenty three
and I'm thinking about how people fall in love in mysterious ways
maybe just the touch of a hand.
Well me I fall in love with you every single day
and I just want to tell you I am.
So honey now, take me into your loving arms
Kiss me under the light of a thousand stars,
place your head on my beating heart I'm thinking out loud
Maybe we found love Right where we are[2]

El tema llegaba casi a su fin y los encontró parados muy juntos en medio de la pista. Luke escaló su espalda hasta acunar con ambas manos su rostro, ante lo imprevisto del gesto, Lizzy atinó a sujetarse de sus muñecas, fundiéndose en su mirada, ajena por completo a cuanto pasaba alrededor. Luke rozó con sus pulgares el contorno de sus labios y dijo con voz ronca de deseo:
—No puedo más —sentenció en tres palabras el cúmulo de emociones que lo traían loco desde hacía horas.
Cerró los ojos el último instante antes de devorar esa boca con las ganas contenidas en semanas de sueños húmedos y anhelos interminables. Lizzy perdió la cordura definitivamente, se colgó de su cuello y se derritió en sus brazos.
Ni los aplausos y las silbatinas lograron interrumpirlos.
*****
En el momento que la atención se diluyó en otras cosas que no fueran ellos dos, escaparon como los adolescentes que no eran, rumbo a los ascensores.
 El viaje de ocho pisos se hizo eterno con la compañía del ascensorista, un señor muy mayor que con su sola presencia y cara de abuelito los mantuvo a raya en ese cubículo.
Antes de que la puerta de la habitación terminara de cerrarse Lizzy se vio atrapada en sus brazos, se colgó de su cuello besándolo con todas sus ganas contenidas en semanas de pensar en él imaginando que jamás lo vería otra vez.
Toda la intención de alargar el momento, sucumbió bajo el calor de la pasión que Lizzy desataba con cada beso y cada caricia.
El deseo arrasó con todo a su paso, perdiendo en el camino el poco buen juicio que le quedaba y se perdió en sus brazos, en sus labios, como tantas veces había soñado despierto y dormido. Abrazó su cintura con desesperación, y escaló por su espalda hasta la nuca, inmovilizándola, desatando en su boca la hoguera que lo consumía desde hacía semanas.
Ella se deshizo de sus zapatos y el movimiento los hizo trastabillar hasta que la espalda de Luke chocó de lleno contra la pared junto a la puerta. Soltó su cabello y su boca resbaló a la curva de su cuello, el gemido ahogado que escuchó lo encendió aún más. El mundo a su alrededor se desvaneció junto con el vestido anidado a sus pies.
Giró con ella en brazos, apoyó sus frentes juntas para tomar aire y arrancarse el saco y los zapatos. Las manos de Lizzy volaban por sus brazos, apresando, arañando, apretando todo cuanto encontraba a su paso. De un tirón se deshizo de su bendito moño.
Abrió la camisa de un tirón y escuchó el gracioso repicar de los botones en el suelo, la bajó por sus hombros mientras Luke devoraba su cuello de un lado al otro, dejando su piel enrojecida por su barba crecida y el calor de la fricción. Siguió el contorno de su cintura y llegó a la cadera, el encaje blanco sobraba y de un tirón lo arrancó profundizando su beso hasta casi hacerla desfallecer.
—Cuidado… —beso— con… —beso— los… —beso— gemelos… —dijo Luke en un jadeo —terminó la frase cuando los guardaba en el fondo del bolsillo.
Se deshizo del pantalón y los boxers.
Extendió sus brazos en busca de la suavidad de sus piernas, dibujó su contorno ascendiendo en forma voraz, la sujetó por los muslos y la elevó pegada a la pared protegiéndole la espalda de los golpes con sus propias manos.
—Luke… —su voz ahogada.
En medio del remolino de caricias y besos, Lizzy enroscó las piernas en la cintura de un Luke cada vez más consumido por el fuego que lo envolvía, desesperado por hundirse en esa mujer que respondía a cada impulso, a cada anhelo.
—Te juro —dejó un beso húmedo y sonoro en su cuello arqueado—, que quería hacer esto muy… muy lento —lamió su cuello de abajo a arriba una vez más.
—No lo estamos logrando… —suspiró Lizzi más que entregada al momento.
—El próximo… —mordió sus labios con ganas—, será tan lento que me llevará días —rio contra su piel.
—Te tomo la palabra —socarró devolviendo el mordisco.
Lizzy sollozaba su nombre, de manera casi inentendible, cuando Luke se hundió en ella y dejó escapar todo el aire de los pulmones. No podía respirar, sus ojos casi negros de deseo, nublados de éxtasis, solo percibían el calor de su piel, el perfume que lo envolvía y lo mareaba, que lo ahogaba y lo liberaba al mismo tiempo.
Besó sus labios con hambre. Ella arqueó su espalda y sus labios ya no pudieron retenerla. Dibujó con su boca todo el contorno de su rostro, lamiendo y succionando, empujándola al borde del abismo.
Lizzy clavó los talones en su espalda y el balanceo de su cadera, en perfecto contrapunto con la suya, lo desató por completo, se hundió en ella cada vez más profundo, cada vez más rápido, hasta que todo alrededor colapsó, el grito de ella apenas contenido le dio vía libre para su propia liberación.
Un gruñido animal trepó por su garganta, desbaratando la frágil burbuja que los contenía, volviendo a la maravillosa realidad de tenerla en sus brazos al fin.
Lizzy se desplomó en su hombro hasta que la respiración de ambos se normalizó un poco. Luke se afirmó con sus piernas y la sostuvo prácticamente con su cuerpo contra la pared, una mano envolviendo su cintura y la otra manteniendo el equilibrio, afirmándose en la pared.
Besó su frente húmeda, y las mejillas ardientes. Sus labios rojos e hinchados eran una tentación de la que no se iba a prohibir, nunca más.
Avanzó hacia la cama, llegó hasta el borde y con una mano corrió la manta, con mucho cuidado depositó a Lizzy en medio de las sábanas blancas. Su cabello desparramado en las almohadas, sus brazos abiertos esperándolo. Su sola visión le quitó el aliento.
Su piel resplandecía. Su respiración se agitaba a medida que los segundos pasaban.
Subió a gatas a la cama, acechándola, cercándola, sus hombros meciéndose al ritmo de su avance. Luke se detuvo entre sus piernas, bajó la mirada para enfocarse en su tobillo. Lo lamió y besó hasta que ella dejó de retorcerse y decir su nombre entre suspiros. Siguió avanzando hasta la rodilla resbalando con su lengua y con los dientes.
Lizzy enredó los dedos en su cabello, arqueó la espalda y exhaló con fuerza su nombre, al borde de perder la razón. Las manos de él subieron buscando su centro, caliente y húmedo. Ella se estremeció, vibrando en cada centímetro que él avanzaba, contrayéndose a su paso.
Lamió todo el muslo camino arriba, en busca de su destino. Lizzy tembló.
Apoyó ambas manos en el interior de sus rodillas, y con las palmas abiertas, fue bajando lentamente, muy suavemente, apenas presionando cada vez un poco más, mientras convergían en su vértice empapado.
Él mismo se deslizó por la cama, quedando acostado entre sus piernas, de frente a su destino, una pierna estirada con el pie colgando en el aire, y la otra pierna flexionada. Lizzy lo tenía asido por el cabello con una mano y con la otra arrugaba las sábanas. Incorporó un poco la cabeza y lo miró, perdida en un mar de emociones y sentimientos, tan desnuda ella como su alma, su corazón y su centro latiendo desbocados. Sus miradas se enzarzaron una vez más, su sangre convirtiéndose en lava en sus venas. Bajó la cabeza y se zambulló en su calor, en sus temblores, besando y mordiendo piel y carne, haciendo espacio con sus dedos, empapándose de los jugos de su pasión, sorbiendo y degustando todo a su paso.
Lizzy vibraba, temblaba, se estremecía, gemía su nombre, se ondulaba sobre la cama, y eso lo estaba volviendo loco. A cada instante quería más, más de sus gritos, más de su calor, siempre más. Nada parecía alcanzarle.
Retiró sus dedos para acomodarse mejor. Enmarcó con sus manos su centro, lo miró, se relamió los labios, lo lamió lentamente de abajo a arriba. Lizzy se sujetó de las sábanas anudándolas en sus manos, entre sus dedos. Elevó los hombros de la cama y miró ciegamente el techo. Quedó inmóvil. Luke tomó su carne más sensible entre sus dientes y mordió, presionó un poco más. Ella jadeó su nombre. Introdujo dos dedos despacio y los retiró más despacio todavía. Lizzy exhaló el aire de sus pulmones.
Luke tomó aire y se abocó a su tarea. Mordiendo y besando mientras sus dedos entraban y salían de Lizzy cada vez a mayor velocidad, que los apretaba y succionaba con cada uno de sus espasmos. Antes que el orgasmo la desarmara por completo, Luke se incorporó y en un solo movimiento, enlazó las piernas de Lizzy en su cintura y la embistió de una vez, fuerte y profundo. Apoyó los puños cerrados a los costados de Lizzy. Su pecho convulsionó y se estiró hacia arriba casi tocando el suyo. Capturó sus labios entreabiertos con su nombre a medio escapar y los devoró, el sabor de todo su cuerpo y de su boca haciendo estragos en su sistema. Lizzy se aferró a sus brazos, para resistir sus embates, cada vez más intensos, más profundos. Su propio orgasmo subiendo por su cuerpo, arrasándolo todo a su paso, consumiendo todo a su alrededor. La cabeza le daba vueltas, sumergida en la vorágine de su pasión.
Gritaron juntos el nombre del otro. Él bajo la cabeza y la apoyó en la de ella. Sus respiraciones agitadas, sus corazones descontrolados, las réplicas de su pasión todavía latiendo entre ambos.
Luke se tumbó boca arriba y la arrastró consigo. La cubrió con el suave edredón. Tenerla en sus brazos, agotada y feliz, era tener sus sueños hechos realidad.
Lizzy, se removió en ellos, casi al punto de dormirse, sin embargo le dijo:
—¿Luke?
—Dime, amor —respondió como si fuera lo más normal del mundo.
Lizzy se incorporó sobre su hombro, jugueteando con el vello de su pecho y lo miró con los ojos muy abiertos, como si todo el cansancio que tenía se hubiera evaporado por arte de magia.
—Luke... —apenas si respiraba, por no perder ese momento.
—Sí, eres mi amor —dijo ordenando un mechón de su cabello tras la oreja y colocando un par de flores del que había sido su tocado.
Lizzy, suspiró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Besó su pecho y lo acarició con la mirada perdida en su piel. Elevó los ojos y suspiró bajito.
—Y tú eres el mío.
Se abrazó a Luke muy fuerte y se durmió sobre el dulce palpitar de su corazón.
Luke besó su cabello revuelto y apagó la luz.
La búsqueda había terminado, pero el juego apenas comenzaba.

FIN






[1] Por la noche me despierto con las sábanas empapadas y un tren de carga corriendo por el medio de mi cabeza. Solo tú puedes calmar mi deseo (I'm On Fire de Bruce Springsteen).


[2] Querida, estaré amándote hasta que tengamos 70 años, y cariño, mi corazón podrá todavía sentir como a los 23, y estoy pensando en cómo la gente se enamora de formas misteriosas, quizás solo el roce de una mano, bueno, en mi caso, yo me enamoro de ti cada día, y solo quería decírtelo. Así que cariño, ahora tómame en tus amorosos brazos, bésame bajo la luz de un millar de estrellas, coloca tu cabeza sobre mi corazón que late, estoy pensando en voz alta, quizás encontremos el amor justo donde estamos.


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