jueves, 20 de abril de 2017

SEÑALES DE TI - ANTOLOGIA AMOR SOBRE RUEDAS





Julia Kensington trabaja como curadora en el Museo de Arte de Chicago, tiene una vida muy ordenada, algo solitaria quizás, su amor a las artes plásticas y a la palabra escrita, llenan su mundo de una manera especial, tan así que nadie logra llamar su atención, al menos no por mucho tiempo.
Justin Mc Douglas, es ingeniero civil y tiene su propia empresa de construcciones, puede proyectar condominios de las más variadas características, lo que no puede construir por más que lo intenta, es una vida compartida.
¿Es posible que luego de muchos años, encuentres lo que anhelas, incluso sin saber que lo buscabas?


Las oficinas de Mc Douglas Inc. eran un caos total, ese miércoles por la mañana.
El día era gris y quizás un poco menos templado que los usuales en California para esa época del año. Pero para Justin, hacía bastante tiempo que todos los días eran iguales, con sol o lluvia, él no sentía la diferencia. Sus semanas transcurrían unas tras otras sin ningún cambio aparente.
A veces se levantaba un poco más relajado, si alguna de sus amigas especiales compartía su cama, pero nada muy profundo, era llegar a la oficina y tomar su primera taza de café, para sumergirse en la rutina sofocante en la que vivía su vida. Con esa constante sensación se insatisfacción, de buscar con desespero algo que no sabía qué era, solo que lo necesitaba o se volvería loco.
Tenía 30 años, una carreta brillante y meteórica debida a su exclusiva tenacidad y perseverancia. Si alguien había inventado el concepto de ser un adicto al trabajo era Justin Mc Douglas. Por su actitud y el absoluto dominio que ejercía sobre cada parte de sus proyectos, estaba donde estaba y era quien era.
Pero como nada es perfecto, además de su inexistente vida personal, no contaba con los celos y la envidia de su asociado. La única puta vez que delegó algo de responsabilidad en Samuel, y ahí estaban los resultados.
La inspección de rutina en el último de los condominios, dio como resultado una fuga en los materiales, dicho en pocas palabras, su “amigo” lo había estafado, comprando materiales de inferior calidad, logrando estructuras frágiles y que, de no haberse advertido a tiempo, podían causar pérdidas irremediables.
Dios tuviera piedad del pobre bastardo, porque si se lo cruzaba, iba a molerlo a golpes. No era una persona violenta, pero el grado de traición que sentía lo ameritaba.
Si se tratara solo de dinero, sería lo de menos, para algo existen los seguros, pero de pensar que personas pudieron haber muerto en uno de sus edificios, la sangre se le subía a la cabeza y veía rojo furia.
Había tratado de comunicarse con el imbécil toda la mañana, seguro había escapado como la rata que era, cuando la revisión se adelantó de forma precipitada y no tuvo tiempo de cubrir lo que había hecho.
—¡Holly! —gritó desde su escritorio llamando a su secretaria. La chica dio un respingo en la silla y de un salto se dirigió a la oficina de su jefe.
—Dime Justin —respondió con toda la mesura de la que fue capaz.
Justin era un jefe único: hablaba con respeto y cortesía siempre, y jamás de los jamases coqueteaba con el personal, trataba a todas sus empleadas como si fueran sus hermanas menores, para desazón de la gran mayoría, que caía embrujada a sus pies después de haber cruzado con él, dos palabras.
Por eso, que hoy se mostrara así de exaltado era por demás entendible y perdonable. ¿Quién no estaría de ese modo con estos acontecimientos? Justin, perdido en sus pensamientos no la escuchó hablar de hecho ni la vio, hasta que levantó la vista de los documentos que tenía frente a sí.
—Ah estás aquí… —dijo arisco— comunícame con William y pon el altavoz —dijo señalando con un gesto brusco de la cabeza, a su propio teléfono celular, que reposaba en el escritorio.
Con dedos presurosos, Holly desbloqueó el aparato, buscó en los contactos recientes, apretó el ícono de alta voz y lo dejó otra vez sobre el escritorio.
—Siéntate por favor —indicó con un tono menos impetuoso y extendiendo la mano hacia la silla frente a él—, tengo cosas que resolver, de las que debes estar al tanto y no estoy de humor para repetir nada.
Holly, abrió la aplicación de notas de su Tablet y se dispuso a prestar toda su atención.
El ringtone sonó tres veces antes que la profunda voz de William se hiciera escuchar.
—¿Se acaba el mundo que mi hermano pequeño me llama o qué? —descolgó la llamada en medio de risas.
—No jodas, Will, te necesito… —le respondió en tono seco.
—Hola para ti también ¿Qué pasa? —preguntó preocupado y se escuchó el clic de una puerta al ser cerrada, en busca de privacidad.
—Lo siento, hola. Tuvimos una inspección esta mañana en el último proyecto, Samuel alteró los materiales…
—¿Me estás jodiendo? —la incredulidad era palpable—, pero ¿Cómo…
—No, y no sé, tampoco me importa. El punto es… —un suspiro cansado se le escapó y dejó caer su cabeza en el respaldo de su sillón—, el punto es, que todavía estamos a tiempo de corregir los daños…
—Esto quedará en tu legajo, lo sabes —aseveró Will.
—Claro que lo sé, solo tengo tres cosas en mente en este momento. Holly toma nota por favor —indicó a su secretaria
—¿Holly está contigo? Eres un… Buen día Holly, lamento no haberlo notado. —se disculpó.
—Hola William —respondió con un sonrojo más que evidente—, no hay problema.
—¿Continuamos o qué? —cortó la conversación de malos modos.
—Dime que tienes en mente pues…
—Quiero que redactes un poder, para hacerte cargo aquí de todas las cuestiones legales, el equipo con el que estaba trabajando podría estar comprometido de alguna manera, y quiero esto solucionado, sin cabos sueltos, no pudo haber hecho todo esto solo.
—No, no es posible. Lo haré.
—Entre las acciones que quiero que lleves a cabo, además de una nueva revisión y el recambio de las estructuras dañadas…
—¿Vas a demoler el edificio? —William no daba crédito.
—Si es necesario, lo haremos. No importa el costo, lidiarás con la aseguradora esos detalles.
—¿Qué más?
—Quiero una demanda personal contra este hijo de puta, lo quiero tras las rejas, por lo que hizo y por lo que podría haber pasado. Para eso necesito que vengas a California en el primer vuelo que encuentres, te firmaré los documentos ¿Para cuándo podrías estar aquí?
—Mañana mismo, el poder notarial es bastante simple, es cuestión de a qué hora tenga vuelo.
—Genial, en cuanto llegues, me voy de aquí.
—¿Te vas? ¿A dónde te vas? —preguntó Will consternado. Holly, sintió el mundo abrirse a sus pies. No solo su jefe se iba, cosa inaudita, sino que su hermano llegaba.
—Si estoy en California y aparece Samuel, no respondo de mí, tampoco voy a tirar abajo paredes con mis manos, cuando estemos por comenzar la reconstrucción, entonces acamparé en el terreno de ser necesario, pero ahora necesito despejarme un poco…. Dame un minuto.
—Claro.
—Holly, creo que ya tienes todas las novedades, por favor encárgate de ubicar a William en alguna de las oficinas libres. Gracias.
—Por nada Justin, ya mismo me ocupo. Hasta luego William.
—Hasta pronto Holly.
Una muy colorada secretaria cerró la puerta, bajo la atenta mirada de Justin.
—William… —su tono amenazante no se le escapó a ninguno de los dos.
—¿Qué Justin? ¿Algo más que pueda hacer por ti?
—Sí, no jodas a mi secretaria —respondió serio.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes, no te hagas, que no te queda. Vas a ocupar mi lugar en esta empresa, por favor mantén el mismo comportamiento.
—¿Celoso?
—¿Eeehh? Nooo… ¿Cómo se te ocurre? Holly es la mejor secretaria que he tenido y no quiero que la cagues con alguna de tus aventuras…
—¿Querrás decir la única que te aguanta?
—Lo que te deje dormir de noche… no te quiero cerca de Holly. Punto. William… prométemelo.
—Ok.
—No, di las palabras. Prométemelo Will.
—Lo prometo hermano. Nos vemos mañana.
—Gracias, por todo. Hasta mañana.

&&&

Julia Kensington, trabajaba desde hacía dos años como curadora en el Instituto de Arte de Chicago, lo cual era motivo de un enorme orgullo, no por razones ególatras, sino porque era un sueño hecho realidad.
El Instituto es de los más importantes en Estados Unidos junto con el Metropolitan Museum de New York y el Museo de Bellas Artes en Boston. Muy pronto los visitaría, llevaba planeando ese viaje para sus vacaciones por meses.
Los primeros y terceros viernes de cada mes, generaban una ilusión especial en su vida, esas eran las fechas para las inauguraciones y presentaciones. Y esta semana en particular, la colección impresionista, presentaba la obra “Lirios Salvajes” de Claude Monet, una pintura perdida de la colección “Lirios de Agua” del autor, que de manera tan generosa y desinteresada, la familia Manchausenn prestaba al Museo para su exhibición.
Esa obra maestra había sido buscada por décadas, por coleccionistas en el mundo entero, incluso en el mercado negro, se tenía una noción de su existencia, un rumor, una secreta esperanza, que la última obra Monet fuera real, hasta que la familia la encontró en una de las propiedades del abuelo Manchausenn, olvidada en un ático.
¿Cómo era posible que algo así sucediera?
Era inaudito, pero allí estaban todos, coordinando la conferencia de prensa que era usual en casos de obras de arte tan importantes y la posterior recepción para los mecenas del Museo, así como las personalidades ilustres de chicago.
Si bien llevaba un tiempo trabajando en el Instituto, con una licenciatura en Historia del Arte de la Universidad de Chicago y a punto de culminar su doctorado en Filosofía, sentía sus piernas tambalear ante estos eventos. Toda su vida fue de igual modo.
Su amor por las artes y la palabra escrita, era el motor que la impulsaba a participar de los actos escolares, siempre desde la organización, siendo la voz en off en los discursos. Ajena por completo a la mirada del entorno. Camuflada en sonidos y matices, al abrigo de la exposición. Recién lograba relajarse cuando el último invitado se retiraba, el personal había culminado con sus tareas y la sala de exhibición quedaba desierta, con la noche de testigo se quitaba los zapatos y contemplaba la obra en la soledad del salón. Respiraba hondo una y otra vez, dejando escapar hasta el último átomo de tensión. Se quedaba unos minutos saboreando esa deliciosa sensación y luego se retiraba.
Siempre la misma rutina: pasaba por su oficina, verificaba que su computador estuviera bloqueado, se hacía de sus cosas y ponía rumbo al estacionamiento. Conducía los treinta minutos a su casa en Lincoln Park y volvía a su soledad.
Bueno casi, Jazzy su gata siempre la esperaba ondulando su cola de un lado al otro, enroscándose en sus piernas apenas cruzaba el umbral de la puerta hasta que recibía los mimos que esperaba paciente durante todo el día. Esa siamesa pura dulzura era su compañía única y permanente desde hacía cinco años, cuando dejó para nunca volver, el hogar de sus padres después de años de muy frustrantes conversaciones sobre su futuro.
Algún día sus padres recapacitarían... pero mientras no respetaran sus decisiones, así quedarían las cosas.
Dejó las llaves y el teléfono sobre la mesada de la cocina, colgó su abrigo en el armario junto a la puerta, y en dos movimientos se deshizo de los zapatos y del moño flojo con el que solía recoger su cabello en días laborales. Sacudió la cabeza de un lado a otro liberando la tensión del día.
Viernes a la noche y sin nada para hacer, nadie con quien salir.
Sus amigas ya estaban casadas o en pareja, lo cual reducía las posibilidades de salir de manera espontánea, sin ningún espécimen masculino desde hacía un año.
Gracias Billy, fue lindo mientras duró. Viva la rutina, que es lo que nos mantiene cuerdos. A veces.
Tomó una ducha rápida, se colocó sus medias a rayas favoritas y una remera larga. Caminó hasta la cocina y sirvió la cena para Jazzy.
Abrió una botella de vino blanco y la dejó respirar mientras calentaba su chop suey de pollo en el microondas.
Preparó la mesa de centro con un individual y la servilleta, acercó la copa de vino y se sentó a disfrutar de su cena, con la compañía de Jazzy mientras miraba su película favorita, “Más allá de los sueños”.

 &&&

La cocina de la señora Mc Douglas era una fiesta de aromas ese lunes, Claire estaba rebosante de felicidad, su pequeño Justin había llegado el viernes desde California para pasar unos días con sus padres, ocupaba la misma habitación que cuando era un niño, con algunos cambios a lo largo de los años, ya sus trofeos de hockey sobre hielo habían desaparecido, como así los posters de sus bandas favoritas.
Su madre había ido cambiando las habitaciones de sus hijos poco a poco, muebles por aquí, pintura por allá. De hecho, ya sabían que una de las dos tendría una cama matrimonial y la otra, camas para los nietos. Porque si algo quería Claire eran nietos, aunque por ahora sus hijos se negaran de plano. Ella tenía muy claro cómo sería: ambos se negaban tanto y con tanto ímpetu, que caerían enamorados y sin remedio. Muy pronto. Muy fuerte.
—Buen día mamá ¿Cómo estás? —dijo Justin abrazando a su madre por la espalda y dejando un beso en su mejilla. Apoyó su mentón en el hombro y aspiró el aroma de las tortitas recién hechas.
—Muy bien tesoro, ve a la mesa que se enfrían —respondió sacando platos y cucharas y las tortitas de la plancha todo junto.
Justin se dirigió a la mesa, no sin antes, desatar el delantal de cocina de Claire, que se dio vuelta justo a tiempo para verlo sentarse a la mesa con la mejor cara de circunstancia de la que era capaz, y que no lograba disimular ni un poco su sonrisa torcida de niño travieso.
—¿Nunca vas a dejar de hacerlo verdad? —preguntó mirando a su hijo con furia divertida.
—Nop —sorbió un trago de café y miró a esa mujer que adoraba a través de las volutas de vapor.
—Me alegra oírlo —sonrió Claire.
El desayuno en casa de su mamá nunca cambiaría, Claire cocinaba como para una docena de hijos, y a él le encantaba. Comparado con sus mañanas de café solo, tomado de un trago, de pie, en su cocina y solo, esto era la gloria.
—¿Y papá? Pensé que desayunaríamos juntos también hoy…
—Anoche llamó Peter, ¿recuerdas al señor Smith?
—Mmm… —masculló y asintió con la cabeza. Esas tortitas estaban demasiado ricas para dejar de comerlas.
—Bueno, tuvo un problema con algunas tejas de su casa y tu padre fue a ayudarle.
—Me hubiera dicho, podría ayudarlos… —dijo mientras rellenaba su taza de café.
—Iba a decirte, pero le saqué la idea al instante —miró a su hijo con cara de intriga enarcando una ceja—, hoy… eres mío —agregó apuntándolo con la cucharilla de la jalea.
—Me das miedo madre, que lo sepas —rio divertido.
—Quería pasar el día contigo, además el viernes inauguraron la exhibición de una obra de Monet en el Instituto de Arte, pedir que tu padre me acompañe no tiene sentido.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no le gustan esos eventos, lo hace por mí, pero no me gusta arrastrarlo, en cambio tú…
—¿Yo qué? —preguntó con falsa inocencia.
—A ti te encantará acompañarme ¿A que sí? —repuso con una mirada ensoñadora con la que lograba todo lo que se proponía. Si lo sabrían los chicos Mc Douglas—. Y podemos almorzar juntos y…
—Ya, ya… me encanta pasar el día contigo, supongo que no vas a subirte a mi moto ¿verdad?
—Ni que estuviera loca, gracias. Puedes usar mi van…
—Seguro. Tu sueño hecho realidad, Justin Mc Douglas conduciendo una van. Adiós reputación.
—Algún día tendrás tu van, y estarás feliz con tenerla.
—¿Tú crees?
—No. Lo sé.
Justin estacionó la camioneta de Claire y la ayudó a descender del vehículo, modales son modales, y su madre le había enseñado muy bien.
Le dio su brazo y caminaron juntos hasta la entrada del Instituto. A pesar de haber nacido y crecido en Chicago nunca lo había visitado, primero por pequeño y luego sus intereses lo llevaron a estudiar lejos de casa y la oportunidad de visitarlo, se iba esfumando. Recorría maravillado cada sala, cada galería. Su madre era una entusiasta del arte, habiendo sido profesora de arte en su juventud, amaba todo lo que tenía que ver con formas y colores. Sabía que su elección de carrera tenía mucho que ver con sus padres, no porque se lo inculcaran con intención, pero ver a su padre con el tablero de dibujo, haciendo planos, lo enamoró de la construcción, y a su madre, siempre tan apegada a todo lo que fuera armonía, diseño, color, tuvo mucha influencia.
Llegados al sector impresionista su madre, se separó para contemplar de cerca la nueva adquisición del museo, mientras él, redescubría las otras obras de Monet.
Giró para ir en busca de Claire cuando chocó de frente con una muy distraída empleada, al menos eso adivinaba por el gafete colgando de su cuello, que caminaba muy de prisa, leyendo de una Tablet y cargando con varias carpetas en sus manos al mismo tiempo.
El golpe brusco de la muchacha con su pecho, hizo que Tablet y carpetas cayeran desparramadas en el muy brillante piso de madera.
—¡Oh por Dios! ¡Qué barbaridad! —exclamó ella agachándose para recoger sus cosas, encontrando unos zapatos de gamuza de corte casual impecables.
—Señorita —escuchó una voz medio ronca llamarla y una mano masculina llegó a su campo de visión para ayudarla a incorporarse—, yo me ocupo.
Lentamente se puso de pie. Su perfume la envolvió como una cálida manta, abrumándola de tal manera, que en lo único que podía pensar en esos micro segundos era que, con respirar ese aroma por el resto de sus días, sería completamente feliz. Un pensamiento bastante idiota, pero el único que ocupaba su abotagado cerebro en esos momentos. Sacudió la cabeza, tratando de volver a sus cabales.
Cuando al fin pudo mirarlo a los ojos, su corazón saltó un par o tres latidos. ¡Dios! él era… perfecto. Su cabello rubio oscuro, esos ojos turquesa que la miraban sin reservas, como buscando más allá, como saltando dentro de su alma. La camisa blanca y con un par de botones desprendidos, le daban ese toque desenfadado que seguro pondría a las mujeres de rodillas. Y para completar una sonrisa preciosa, apenas torcida, mezcla perfecta de niño bueno y travieso. Él era… ¿Era él?
—¿Julie? —preguntó Justin no pudiendo creer lo que veían sus ojos— ¿Eres tú?
—Mc Douglas —respondió tensándose de inmediato. Justin era sinónimo de problemas. Grave problemas.
—Nos conocemos desde hace años, puedes decirme Justin… —y con una sonrisa imposible agregó— o Juju. Como prefieras.
—No me llames así… no soy, ni somos Juju —retrucó con cierto tono molesto.
—Okey, okey… —respondió levantando ambas manos en signo de derrota—Julie entonces.
—Gracias —replicó no muy convencida de su victoria, pero la educación, ante todo.
—De nada. Nunca me imaginé que te encontraría aquí —le entregó las carpetas, pero no las soltó. Sus miradas quedaron trabadas la una en la otra.
—No sabemos mucho de ninguno de los dos supongo. Pasaron muchos años…
—Es cierto, pero eso tiene solución ¿No crees? —dijo regalándole un guiño rápido.
—Justin Mc Douglas no te atrevas a coquetear conmigo.
—No estoy coqueteando, solo digo que podemos tomarnos un café o almorzar y ponernos al corriente ¿Qué dices?
—Solo un café —accedió finalmente.
—¡Perfecto! paso a buscarte cuando termines tu día que sería a las…
—Seis en punto —dijo poniéndose los ojos en blanco a ella misma y mostrando una entereza que no sentía en lo absoluto.
Justin tomó su codo de manera muy suave y se inclinó para dejarle un corto beso en su mejilla.
—Nos vemos luego.
Justin la rodeó y fue a encontrarse con su madre que lo miraba de lejos sin perderle ni un gesto, estudiándolo como cuando era pequeño y volvía a casa luego de una travesura.
Él se acercó y preguntó a sabiendas que, si no lo hacía, no iba a enterarse de nada.
—¿Qué? —dijo al fin abriendo mucho los ojos y elevando sus manos al cielo.
—Nada, yo no digo nada.
—Pero piensas en algo, suéltalo.
—No sabía que la conocías —replicó viendo cómo se alejaba Julie por uno de los corredores que suponía llegaban hasta las oficinas del personal.
—Me extraña que tú no las conozcas… es Julie. —tragó en seco ante lo que iba a decir, su madre lo había reprendido muchas, muchas veces por todo aquello—, es… Juju.
—Juju… ¿Juju? ¿Tu Juju? —se preguntó, le preguntó, eso era increíble.
—Sip.
—Ajá.
—Ajá, ¿Qué?
—Nada… solo que te gustaba de niño y veo que eso no cambió —respondió guardando sus gafas y poniendo rumbo a la salida.
Justin la miraba sin dar crédito a lo que estaba escuchando. ¿De qué estaba hablando? Su madre estaba muy equivocada y él se encargaría de corregirla. Aceleró un par de pasos para alcanzarla.
—Estás muy equivocada, no me gustaba y ahora solo vamos a ponernos al día, eso es todo. Por Dios, que no es delito, fuimos compañeros de colegio durante años.
—Ajá —la única expresión que parecía tener Claire ese día.
—Mamá en serio, por favor no veas cosas donde no las hay…
—Ok, tienes razón tesoro, no te gustaba cuando eras niño…
—Claro que no —interrumpió casi de mal humor.
—Te gusta ahora —sentenció finalmente.
—Vamos a almorzar, ¿por favor? —cedió al fin, su madre no iba a claudicar en su pensamiento y, a decir verdad, algo de razón tenía, pero de ahí a que se lo confesara ¡Ja! El infierno iba a congelarse.
Julie llegó a su oficina en el segundo piso, de milagro. En dos oportunidades pensó que se caería rodando por las escaleras, sus piernas casi no la sostenían.
Se apoyó en la puerta y se descalzó, esos tacones del diablo iban a matarla un día de estos. Caminó hasta su escritorio y dejó allí las carpetas y el dispositivo, lo examinó con cuidado, por suerte no había sufrido daño alguno.
Tomó una botella de agua del mini refrigerador y apoyó su frente caliente en el vidrio frío de la ventana.
Las vistas desde su oficina la llenaban de paz, hoy no era el día. No con Justin “Juju” Mc Douglas alborotándole los pensamientos y sobre todo las hormonas con su sola presencia.
Su mente traidora la hizo volver el tiempo atrás, cuando tenían catorce años y ella estaba tan perdidamente enamorada del chico lindo de la clase. Pasaba horas mirándolo en silencio, disimulando en una falsa capa de indiferencia y total falta de interés, todo lo que sentía cuando estaba cerca de él. Además, hubiera hecho el papel de rematada tonta si siquiera mostraba un ápice de simpatía hacia su muy hermosa persona. Parecía que el único objetivo de Justin en la escuela era molestarla, le hacía caritas, la despeinaba, cuánto más indiferencia ella mostraba, peor él se comportaba.
Por supuesto no tuvo mejor ni más brillante idea que cambiar de estrategia. Recordaba que había sido un lunes de octubre porque estuvo todo el fin de semana analizando sus opciones, que comenzó a festejarle las bromas, ¿Para qué? Ya el día martes, los habían bautizado como los “Juju” al mejor estilo de pareja hollywoodense.
Pasó todo el invierno con su gorro de lana enfundado hasta las orejas con tal de no mirar, de que no la miraran. Si hubiera podido desaparecer lo habría hecho.
Los años pasaron y su insignificante idilio adolescente pasó a ser un recuerdo… bonito visto desde la distancia, molesto si recordaba cómo la hacían sentir los motes y bromas que les gastaban a diario.
Lo que nunca se imaginó, fue volver a verlo. Y que además su cuerpo y su mente reaccionaran de esa manera.
Todo lo que sintió a sus catorce años, pero elevado al millón, más todas sus sensaciones de mujer adulta, la barrieron de pies a cabeza cuando sus ojos chocaron de frente con los de Justin.
Se había convertido en un hombre demasiado atractivo para su salud mental, hacía años… ¿años? Puede que nunca, se hubiera sentido de ese modo con nadie. Su perfume todavía la envolvía, incluso el calor de su piel al rozar su mejilla. Llevó sus dedos hasta el lugar exacto en donde él la besó, y todavía podía sentir el cosquilleo de la sangre clamando por más.
Un café… tenía que sobrevivir a un solo café.
Su cerebro embobado la había metido en ese lio, pero iba a lograrlo. Sí señor. Ella era Julie Kensington y podía con eso y más.
Separó la frente de la ventana y vio su reflejo en el cristal. El cabello revuelto, las mejillas encendidas y esa mirada de desesperación que la miraba con burla.
—Vamos repítelo algunas veces más así te convences —dijo en voz alta—, te quedan seis horas y restando.
Se dejó caer en su sillón y hundió la cabeza entre sus brazos sobre el escritorio.
Le pareció escuchar un clic en su cabeza y automáticamente pensó: cinco horas cincuenta y nueve minutos.
¡Oh por Dios! Iba a ser una tarde muy, muy larga.

&&&

Después del paseo por el Museo y el almuerzo con Claire, el humor de Justin cambió unos ciento ochenta grados. Fue traspasar el umbral de la puerta, y su celular comenzó a sonar con una llamada entrante de Will.
—Hola hermanito ¿Cómo va la vida de hijo en el seno materno?
—Hola Will, genial hasta que llamaste… ¿Qué pasó?
—Tuve unas reuniones esta mañana y quería ponerte al corriente, pero si estás ocupado…
—No, anda dime.
—Bueno, la parte legal está en orden, Ronald renunció…
—¿Ronald? —rugió al teléfono.
—Sí, él fue quien trabajó con Sam para la estafa, un par de preguntas y un par de amenazas, cuando vio la oportunidad de irse lo hizo. Como pediste la cabeza de Sam en exclusiva, pensé que era mejor liberarnos de los problemas no sumarlos, dado el caso.
—Por supuesto, continua…
—La obra está parada, hemos sumado otro ente controlador, terminan la inspección este jueves o viernes, lo que genere la más mínima duda, se derriba.
—¿Y la aseguradora?
—No están contentos, pero tu prima es alta y cubre estas contingencias, sumado a tu inmaculado registro, todo será de manera ligera.
—Ok.
—Estás muy relajado esta tarde… ¿en qué andas?
—En nada… no sé de qué hablas —respondió esquivo.
—Sí claro y yo soy un monje —rio del otro lado del teléfono.
—Mejor que lo seas con Holly…
—Ok.
—Will…                
—¿Quééé? Por favor, no dije nada…
—Exacto.
—Me estoy portando tan bien que no me reconozco…
—Adiós Will —cortó la comunicación, molesto.
Pasó por la cocina, tomó una manzana de la frutera y se dirigió a casa del señor Smith, su vecino de a dos casas. Conversó un poco con él y con su padre.
No recordaba lo que extrañaba volver a casa, hasta que lo hacía.
No había pasado un minuto durante toda la tarde que no pensara en Julie. Para ser que nunca le faltaba compañía femenina, le sorprendía la manera tan detallada que tenía de recordarla. Como llevaba el cabello a la escuela, sus vestidos cortos en verano, las risas con sus amigas cuando estaban en el receso, siempre usaba gorros de lana y largas bufandas en el invierno. Era muy amable con todos, menos con él por supuesto. Aunque tampoco podía culparla. Él mismo había pasado meses tratando de entender qué era lo que sentía cuando Julie estaba cerca, era todo muy confuso, y no encontraba la manera de llegar a ella de alguna forma, cuando con el resto de sus compañeras y amigas de la escuela le resultaba tan sencillo.
Ahora en la adultez, se imaginaba que esa “facilidad de conexión” que tenía con todas, era precisamente lo que lo alejaba de la única chica con la que realmente quería estar.
Verla ese mediodía, había sido un pequeño milagro, nunca se imaginó que Julie, se quedaría en Chicago, hasta donde sabía el resto de sus compañeros estaban desperdigados por todo el país. Gracias al cielo, Julie no.
Julie estaba allí, en el único lugar en el mundo que consideraba su hogar.
Una sonrisa enorme se instaló en su cara.
Buscó música en su teléfono y puso el altavoz… las notas de Rascal Flatts llenaron el ambiente, aclarando en forma inconsciente un par de ideas que, desde hacía unas horas, le rondaban por la cabeza…

♪♪I set out on a narrow way many years ago
Hoping I would find true love along the broken road
But I got lost a time or two
Wiped my brow and kept pushing through
I couldn't see how every sign pointed straight to you
Every long lost dream led me to where you are
Others who broke my heart they were like Northern stars
Pointing me on my way into your loving arms
This much I know is true
That God blessed the broken road
That led me straight to you (Yes He did)
I think about the years I spent just passing through
I'd like to have the time I lost and give it back to you
But you just smile and take my hand
You've been there you understand
It's all part of a grander plan that is coming true…
♪♪

(Emprendí la marcha en un estrecho rumbo muchos años atrás
Con la esperanza de que encontraría un amor verdadero al lado del camino roto
pero me perdí una que otra vez, me limpié la ceja y seguí adelante
No podía ver cómo cada señal apuntaba directo hacia ti
Cada sueño perdido me llevaba a donde estás tú
Los otros que me rompieron el corazón, esos eran como las estrellas del norte
Guiándome al camino hacia tus brazos amorosos. Tan siquiera esto sé que es cierto
Que Dios bendijo el camino roto. Que me llevó directo a ti
Pienso en los años que gasté solo de paso
Quisiera tener todo el tiempo que perdí y devolvértelo a ti
Pero solo sonríes y me tomas de la mano
Has estado ahí y comprendes
Todo forma parte de un plan más grande que está volviéndose realidad…)


La ducha fue veloz, la ansiedad por verla estaba carcomiéndole las entrañas, ¿Desde cuándo le pasaban estas cosas? Por lo visto volver a casa tenía un efecto en él, aunque todavía no sabía si era bueno o malo.
Se sentía al límite, como cuando tocaba dar exámenes… algo así. Ese nudo en la panza que no se iba con nada. En aquella época lo hubiera hablado con Will, su hermano, su mejor amigo, su confidente. Pero en temas de mujeres, y con la alergia que ambos demostraban o querían demostrar sobre el tema, mejor ni pensarlo. La otra opción que le quedaba era imposible, ¿Claire? No, de ninguna manera.
Se calzó los zapatos, su jean negro, una camisa celeste y ya estaba listo. Su chaqueta de cuero lo esperaba junto a la puerta al igual que el casco.
Ese era él. La moto, la ruta y el sol. Su libertad, sus decisiones, su control absoluto sobre todo lo que lo rodeaba.
Recordó la ropa que llevaba puesta Julie ese mediodía: falda angosta y tacones. Su mente recordó con exactitud el contorno de sus piernas, devolviéndolo al deseo casi incontenible que sintió por ver más, por tocar más.
Se auto pronosticaba un viaje bastante divertido, y lo mejor de todo, iba a tenerla pegada a él todo el camino.
Bajó las escaleras de dos en dos, se asomó a la cocina, nadie estaba por allí. Cerró tras de sí la puerta y puso rumbo a la Avenida Michigan.
Todavía era temprano, así que giró por la calle Jackson y estacionó frente al Lago Michigan.
El atardecer ya casi estaba terminando, dando paso a una noche perfecta, clara, estrellada. Un poco fría, pero con la compañía perfecta.
Faltaban cinco minutos, solo cinco minutos para las seis de la tarde. En absolutamente nada de tiempo, vería el rostro de Justin otra vez, y toda la tarde de auto convencimiento no sirvió para nada. Bueno, para una sola cosa, reconocer que todavía tenía sentimientos por él, qué tan resueltos era otra cuestión.
Soltó su cabello, y se miró de arriba abajo en el espejo del pequeño armario, lo había hecho colocar allí cuando comenzó a hacerse cargo de las conferencias de prensa, debía lucir impecable en todo momento. Respiró muy hondo dos o tres veces y como conjurado, un par de toques suaves en la puerta la sacaron de su ensoñación.
Con pasos trémulos se acercó a la puerta, y con más intención que coraje la abrió. Parado frente a ella, como recién salido de la portada de una revista estaba él, en todo su esplendor, anulándole casi hasta el último gramo de cordura.
—Hola Julie —sonrió el muy maldito.
—Hola —soltó el aire—, ¿Cómo estás?
—Muy bien, con más hambre de la que pensaba… —dijo con un marcado tono, mirándola de manera fugaz de pies a cabeza.
—Oo-okey… —tartamudeó Julie. Nunca esperó un comentario tan… tan… indirectamente directo, que la dejó sin palabras. Y cualquiera que la conociera, sabría que era algo muy poco frecuente. Pocas cosas dejaban sin habla a Julia Kensington, por lo visto Justin Mc Douglas y toda su estampa, era una de esas. Mala cosa, muy mala cosa.
Él fue todo un caballero y le tendió su brazo para bajar las escaleras.
—¿Y eso? —preguntó extrañada ante semejante gesto.
—Para evitar que te quiebres el cuello antes de la cena —enarcó su perfecta ceja y marcó el movimiento del brazo con más firmeza.
—Puedo hacerlo sola —refunfuñó Julie. ¿Quién se cree que es? —, subo y bajo solita todos los días. Muchas gracias.
—Ya lo sé —concedió risueño—, pero tengo que redimirme por años de bravuconadas, permíteme ser un caballero. ¿Solo por hoy? —suplicó y le sonrió.
Game over.
 Fue el único pensamiento coherente. Esa sonrisa era imposible de superar. Si todo iba a pedirlo de esa manera, tenía muy claro que estaba en serios problemas, más grandes incluso de lo que pensaba.
—Gracias —dijo en tono conciliatorio y se colgó de su brazo.
Bajaron las escaleras en un cómodo silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, aunque cada vez que llegaban a un rellano, sus miradas se cruzaban y las sonrisas cómplices no dejaban de aparecer.
Justin la condujo hasta el estacionamiento, y observaba de reojo la expresión de Julie, sobre todo al pararse junto a su moto.
—¿Tienes moto? —preguntó sin salir de su asombro.
—Sí —respondió muy sereno sin perderse una pizca de su reacción.
—No voy a montarme en esa cosa —decretó muy seria y cruzando sus brazos.
           Una respuesta veloz cruzó por la mente de Justin, incendiando todo a su paso. Esa mujer iba a volverlo loco. No podía tenerlo en ese estado después de tantos años.
          O quizás fuera eso mismo. La enorme cantidad de tiempo que perdió buscando a alguien, sin notar que era ella a quien esperaba.
           El tiempo y las distancias, habían logrado mantenerla a resguardo de todas las estupideces que había hecho en su vida. Ahora lo sabía.
           —¿Y entonces? —dejó abierta las posibilidades— ¿Qué sugieres?
           —Llevamos mi auto…
           —¿Y mi moto?
          —Luego venimos a buscarla y ya —dijo contenta de sortear el primero de los inconvenientes de la noche.
          No es que tuviera miedo de las motos, uno de sus novios alguna vez tuvo una, y se divertía mucho yendo atrás, no las conducía, pero disfrutaba del paseo. Era estimulante y la llenaba de adrenalina.
          De lo que en realidad tenía miedo era de estar tan pegada a él. Se daría cuenta sin lugar a dudas de cómo latía su corazón cuando estaba cerca, tan cerca. Además de no tener plena certeza de no descontrolarse del todo.
          Justin la siguió hasta su auto y se paró del lado del acompañante. Tendió la mano y dijo:
          —Señora —abrió la puerta y volvió a sonreir—, adelante.
          —Pero… pero… —atinó a decir asombrada. Lo dicho esa sonrisa era mortal para sus neuronas.
          —Yo conduzco.
          —Nunca presto mi automóvil —retrucó tratando de ganar de alguna manera la partida.
         —No sabes dónde vamos —y como vio que ella abrió la boca para decir algo agregó—, y no, no voy a decirte. Arruinaría la sorpresa.
          —Ok…
          Como toda respuesta recibió un guiño pícaro que la derritió un poco más.
         Llegaron al Summer House Santa Ana, unos veinte minutos después. Julie nunca había ido, pero el lugar lo conocía por referencias y era precioso.
        Todo tan blanco, con tanta luminosidad, esas pequeñas lucecitas en el techo, le encantaban. El espacio era muy cálido e invitaba a la relajación, un concepto que le era por completo desconocido desde hacía unas siete horas más o menos.
            El camarero se acercó y el resto de la noche, fue como un borrón para Julie, pasó tan rápido, y todo estaba delicioso. Incluso Justin.
           Su recuerdo no le hacía justicia para nada, era un hombre tan apasionado de su trabajo, parecía tener las cosas muy claras en su vida, justo todo lo opuesto que sentía ella es esos momentos.
           Logró relajarse un poco al hablar sobre su propio trabajo y le llamó mucho la atención, el modo en que Justin la miraba mientras lo hacía: tomando todo en cuenta, como absorbiendo cada palabra, en su experiencia con un inusitado interés. Que por cierto le encantó recibir.
        Luego de un rato de monopolizar la conversación, no pudo evitar mirarlo con cierta incredulidad.
          —Me miras extrañada ¿Por qué? —le preguntó mientras mordía su pocky stick de chocolate amargo.
—No lo sé… —dijo bajando la vista a la taza de su café expresso— es extraño que alguien ajeno a este mundo se muestre tan interesado. Eso es todo.
Justin se acomodó en su silla, se reclinó hacia adelante y capturó su pequeña mano entre las suyas. Julie inspiró muy hondo y se quedó suspendida en el tiempo por los siguientes segundos que duró su confesión:
—Julie, a mí lo que me importa, eres tú, y si para ti es importante para mí también lo es. Si pudieras ver la pasión que despliegas al hablar de lo que amas, verías la razón de mi fascinación. Es… atrapante, refrescante… mucho más de lo que puedas siquiera imaginar.
Depositó un beso dulce y lento en el dorso de su mano y la soltó.
Julie notó como todo el calor subía por su rostro, tiñendo sus mejillas, agitando su respiración de manera ya incontrolable.
La salida del restaurant fue rápida y necesaria.
Justin, miraba encandilado los ojos de Julie, sus gestos suaves al hablar, la elegancia de su postura. Aquella adolescente hermosa que le robaba la paz de sus sueños, se había convertido en una mujer impresionante que le quitaba el aliento.
Se sentía atraído como nunca le pasó con nadie, y era mucho más que deseo. Algo bullía en su interior, algo de lo que todavía no tenía dominio, que lo tentaba, y lo abrumaba con la misma intensidad.
Así las cosas, sentía todo menos miedo. Quizás porque sabía que la Julie que estaba sentaba frente a él, era la misma Julie con la que creció. Más madura, más hermosa, pero con el mismo corazón y la misma fuerza de siempre.
Ella lo miraba con transparencia, sin dobleces, no tenía segundas intenciones, no lo necesitaba para nada. Y él sentía que era capaz de darle todo. Incluso esta vez, hasta su corazón.
¿Sería que Julie pensaba lo mismo en ese instante?
Apenas pudo reponerse después de tamaña aclaración, es que ¿era acaso posible que sus adolescentes fantasías se convirtieran en realidad?
Se sentía la protagonista de su propio cuento de hadas: Cenicienta por supuesto. Era cuestión de tiempo para que la carroza se convirtiera en calabaza y el príncipe se esfumara de su vida.
Al ayudarla a incorporarse de la mesa, tomó su mano y no la soltó. Un delicioso cosquilleo recorría su brazo y bajaba hasta anidarse en medio de su pecho con una desconocida alegría.
Llegaron al auto, otra vez y el aire se le tornó denso y difícil de respirar, los latidos de su corazón, reverberando contra los cristales de las ventanillas.
—¿Me indicas cómo llegar a tu casa? —preguntó con toda la calma que pudo aparentar. Tener que separarse de ella no estaba en sus planes, y la incertidumbre de la despedida lo estaba inquietando de manera alarmante.
Esto no solía pasarle a él.
Nunca.
Bajo ninguna circunstancia.
Hasta Julie.
—Tu moto está en el Museo… —respondió Julie con un hilo de voz.
Llevarlo a su casa era darle alas, que no quería dar, pero no podía evitar sentir lo que sentía, y la idea de dar rienda suelta a sus impulsos estaba tomando forma demasiado rápido, como así también sus miedos.
Los ¿Qué pasaría si[t1]   no dejaban de atormentarla.
No era el hecho de pasar la noche con Justin, lo que la inquietaba, a estas alturas estaba más que claro, que ambos estaban en la misma página, sus preocupaciones tenían que ver con las pocas certezas en torno a él y su vida, su trabajo, sus responsabilidades estaban a miles de millas de distancia, y ninguno iba a renunciar por lo que habían luchado toda su vida adulta.
Allí estaba la Julie soñadora, esa que debería dejar encerrada en su closet para nunca sacarla. Solo daba problemas.
—Sí, pero no voy a dejarte sola, siempre puedo volverme en un taxi… ¿no?
—Sí-sí… —se apresuró a decir—, seguro.
Justin siguió las indicaciones y llegó en pocos minutos a la puerta de la casa de Julie. El vecindario era precioso, las casas tenían colores más llamativos que lo usual, si se miraba con ojo artístico la calle parecía una de esas postales que se venden junto con los mapas de la ciudad, por lo pintoresco.
Subieron los ocho escalones de la entrada y Julie comenzó a juguetear con las llaves. Momento inequívoco de la despedida y a su corazón le dio la gana de saltar dentro de su pecho como bolita de pinball.
Justin subió el último escalón y quedaron muy juntos, tan así que podía sentir su calor envolverla como un halo, protegiéndola del frío de la noche.
Elevó la mirada y su brillo turquesa la capturó. Se quedó muy quieta expectante, parada en el abismo de la duda.
Justin se acercó un poco más y bajó hacia el costado, dejando un beso lento en la comisura de sus labios, que le hizo temblar las rodillas.
—Buenas noches, Juju —dijo mirándola muy profundo a los ojos.
—Buenas noches Justin —respondió avergonzada de no haber hecho algo, de no haber dicho nada. Él se iba y ya nada podría hacer.
Justin se alejó un paso.
Sacudió su cabeza de un lado al otro, y suspiró bajito. Rodó su mano por su pelo, y la poca determinación que había juntado, se desvaneció en el rocío de la noche.
Giró su cuerpo y un movimiento fluido, la tomó por la cintura y la nuca al mismo tiempo, tan rápido que Julie, tuvo que sujetarse de su cuello, aterrizando en el arco de sus brazos, de una manera tan natural que parecía que lo hicieran a diario.
En absoluto silencio rozó su nariz en pequeños círculos en su mejilla, escaló su respingona nariz, dejó un beso suave en la punta y continuó su tortura hacia el otro lado.
Julie sentía derretirse bajo el efecto narcótico de sus besos, la ternura de sus caricias, el calor de su abrazo. Enredó los dedos en su cabello corto, acariciándolo, tentándolo, acercándolo un poco más.
—Juju… —capituló borracho del olor de su piel—, me vuelves loco.
—No… me… llames… Juju… —logró balbucear a duras penas.
—Siempre fuiste MI Juju, y siempre lo serás —decretó perdiéndose en su boca al fin.
Besó sus labios, con pericia, y a conciencia, dando suaves mordisquitos por aquí y por allá, apenas alejándose para que Julie pudiera tomar aire, para gemir su nombre en medio de la bruma en la que se encontraba.
Por él. Un instinto desconocido lo embargó. Un sentido de posesión que nunca pensó que sentiría por nadie. Y allí estaba, a merced de sus impulsos, con esa mujer que despertaba lo mejor de él sin siquiera saberlo, sin siquiera intentarlo.
Dejó de pensar, y se dedicó a sentirla.
Soltó su cintura con la única intención de abrir la puerta y terminar con el espectáculo que se estarían dando sus vecinos fisgones.
Julie lo guio como pudo hasta su departamento, a tientas llegaron al dormitorio, dando tumbos contras las paredes y las puertas.
Ebrios de deseo y anhelo.
Julie no tenía idea en qué momento perdió casi toda la ropa, pero tampoco iba a cuestionárselo.
Justin se sacó los zapatos en dos movimientos, y en dos más, quedó vestido tan solo con sus boxers de color negro y su maldita sonrisa. De un manotazo recuperó su billetera y la tiró sobre la mesa de noche.
Julie comenzó a reírse con ganas.
—Chico listo, ¿el final estaba muy predecible?
—No para nada —dijo saltando a la cama y quedando a su costado, apoyando la cabeza en una de sus manos y haciendo círculos perezosos en su vientre níveo y plano.
Julie acariciaba el contorno de su brazo de un lado al otro, reconociendo la textura de su piel, guardando en su memoria la posición exacta de sus lunares.
—Y viniste preparado porque… —dejó la frase inconclusa con una sonrisa colgándole de los labios.
—Porque soy un hombre muy juicioso y prudente, ya lo dice el refrán, “mejor tener y no necesitar…
—Que “necesitar y no tener” —terminó la frase riendo.
—¿En qué estábamos tu y yo? —preguntó al tiempo que se zambullía en la suavidad de su piel.
—No recuerdo muy bien… —mintió juguetona—, deberías ir probando opciones hasta dar con la correcta ¿No crees? —su cabeza se apoyó más fuerte en la almohada, con la mirada perdida en el cielorraso de su habitación, presa de las sensaciones que la boca de Justin despertaba cerca de su ombligo.
En medio del remolino de caricias y besos, Julie enroscó las piernas en la cintura de Justin, acercándolo, apresándolo, cada vez más cerca, cada vez más fuerte.
A punto de consumirse en el fuego que lo envolvía, se protegió desesperado para hundirse al fin en esa mujer que lo enloquecía con su pasión y con su ternura, zarandeando de un lado al otro sus emociones.
Cuando sentía que no podía más con su lado salvaje, ella lo acariciaba o lo besaba dulcemente, volteando sus murallas, haciendo crecer en su interior un calor profundo, distinto de todo lo que alguna vez viviera.
Y en ese punto, ella respondía a su pasión de manera voraz, haciéndole perder la cabeza.
Besó su boca con hambre, con la ansiedad del que no sabe si tiene un mañana y con la dulzura que ella le provocaba.
Ella arqueó su espalda y sus labios ya no pudieron retenerla.
Dibujó con su boca todo el contorno de su rostro, lamiendo y succionando, empujándola al borde del abismo otra vez, el mismo filo del que estaba pendiendo en ese momento.
Julie clavó los talones en su espalda y el balanceo de su cadera, en perfecto contrapunto con la suya, lo desató por completo, el último gramo de cordura desapareció.
Se hundió en ella cada vez más profundo, cada vez más rápido, de manera demencial, hasta que todo alrededor colapsó, Julie desgarró su garganta gritando su nombre, que repicó en los cristales de la habitación, llegándole como un eco hasta colmar su corazón y desbordarse en ella con un gruñido animal.
Ese instinto primitivo que le quemaba las entrañas marcándole a fuego que Julie era suya, al fin.
Julie acariciaba su cabello húmedo y revuelto, mientras todos los sentidos volvían muy despacio a pertenecerle. Pasaron segundos o quizás fueron minutos.
Justin se tumbó de costado y arrastró a Max a su lado, la cubrió con las mantas y besó el tope de su cabeza. Ella dormía sobre su pecho y se sintió el hombre más poderoso del mundo.
—Descansa mi Juju, yo velaré por ti.
El sonido del teléfono de Justin, retumbó en la silenciosa habitación.
Abrió los ojos de repente desconociendo el entorno. Luego sintió a Julie moverse contra él y todo tuvo sentido. Por más que tenerla en brazos era lo mejor del mundo, reconoció el tono de llamada de la oficina, si era Will, no iba a parar hasta que lo atendiera. Eso lo tenía más que claro.
Se bajó de la cama y caminó desnudo hasta la puerta, en el piso, dentro del bolsillo del pantalón aullaba el teléfono. Descolgó la llamada y puso el aparato en su hombro mientras se calzaba sus boxers.
Una queja a su espalda hizo que diera la vuelta. Julie había despertado y lo observaba vestirse.
Le hizo señas que estaba con una llamada a lo que Julie respondió:
—Lástima —apuntó con el mentón hacia él—, estaban lindas las vistas.
Se reincorporó en la cama y cuando vio la hora, saltó de la cama.
—Las mías son mejores —rio mientras salía del cuarto.
Julie rebuscó en los cajones ropa limpia y corrió a por su ducha. Tenía cuarenta y cinco minutos para estar a tiempo en la oficina, sin contar los veinte de viaje. Ella nunca llegaba tarde y ese día no iba a ser la excepción.
Se vistió en tiempo record, acomodó su cabello húmedo aun, en un moño un poco más apretado que de costumbre. Recogió la ropa de Justin y quedó de piedra al entrar a la sala y escuchar:
—No te preocupes Holly, esta tarde mismo estoy de vuelta en California. Ve a buscarme al aeropuerto por favor, quiero llegar lo más pronto posible.
Hablaba distraído, pensando cómo haría para alejarse de Julie, y resolver lo de Sam al mismo tiempo, cuando sus miradas se cruzaron y su corazón dio un vuelco.
Algo andaba mal pero no sabía qué.
—Debo colgar. Adiós —y cortó la comunicación, buscando la mirada esquiva de Julie que acomodaba cosas, y revolvía cajones sin encontrar nada, al menos en apariencia.
—Julie, ¿Qué pasa?
—Nada, solo estamos muy tarde, en cuarenta y cinco minutos debo estar en la oficina. Traje tu ropa, ¿vamos?
—Ok… yo…
—Sí escuché, te vas esta tarde… —repuso con una fingida indiferencia que no engañaba a nadie, mucho menos a Justin.
—Hey Julie…es… por trabajo…
—Claro —completó la oración con bastante molestia.
—Julie… —la llamó con tono serio, ella se estaba apresurando en sacar conclusiones y eso nunca era algo bueno.
—Justin, hablemos luego por favor. Tenemos que irnos.
—Por supuesto, dame solo dos minutos ya regreso.
Todo el camino a la oficina fue con muy poca comunicación entre ambos, porque Julie se encargó de estar todo el tiempo posible al teléfono organizando cosas como si no estuviera por llegar en cuestión de minutos. Y como si fuera poco, a tiempo.
Justin apretaba los nudillos en el volante para contenerse y no armar una escena, Julie no estaba muy receptiva para la conversación que tenían que enfrentar si ella sentía lo mismo que él, ni tampoco como la que tenía que ver con su repentina partida. Él había dado muy pocos detalles sobre el por qué estaba en Chicago y no tenían tiempo.
Estacionó el auto al lado de su moto y Julie bajó veloz del auto, con la excusa de que el personal de seguridad podría verlos, le dio un beso rápido en los labios y se dirigió rauda hacia los ascensores del fondo del estacionamiento, dejándolo solo, parado al lado de su preciosa moto, con un nudo en la garganta de tantas palabras no dichas.

&&&

Viernes otra vez, habían pasado apenas tres días desde que volviera desde Chicago cuando la noticia explotó.
Samuel, fue directo a la prensa para declarar lo que él sabía que había pasado con el condominio en construcción por Mc Douglas Inc., de una manera por demás rastrera y cobarde, para no hacerse cargo de su responsabilidad en el asunto.
No contaba con la pericia de Will, ni con la honestidad sin mácula de Justin que, en vez de esconder toda la situación bajo el tapete, salieron a enfrentar y solucionar problemas.
Lo que tenía a Justin tan alterado no era el problema de Sam, no en lo absoluto, todo estaba encaminado y Will se quedaría hasta el último instante a su lado.
Will y Holly eran tema aparte. Ya ajustaría cuentas con su hermano.
Julie era su problema.
No sabía nada de ella desde el martes en la mañana, cuando se mal despidieron en el estacionamiento del Instituto de Arte. No respondía sus mensajes, ni sus mails.
Él era lo suficientemente respetuoso para no invadirla en su lugar de trabajo, pero esta situación lo estaba llevando al límite.
No podía siquiera pensar en una solución cuando desconocía el problema,
¿No se suponía que eran las mujeres las que hablaban más en una relación para solucionar las cosas?
¿Cómo era posible que la única que no quería hacerlo fuera la suya?
Se quedó congelado mirando la pantalla de su notebook, al reaccionar a sus propias palabras. Todavía no le diría nada a Will, preguntaría hasta la extenuación hasta saber los mínimos detalles y no contento con eso, seguro iba con el chisme a su madre, solo para verlo revolcarse en su miseria.
Cerró su computadora y tiró de sus cabellos con saña. Le molestaba hasta la ropa.
El teléfono interno sonó, era Holly.
—Dime —masculló una respuesta.
—Me dijiste que no querías ser molestado por nada, pero tienes una visita no programada… —comentó cómplice con la visita en cuestión.
—No estoy para nadie Holly, quien sea que concierte una cita para la semana que viene.
—Yo creo que a mí quieres verme Juju —dijo Julie del otro lado de la puerta y cortando la llamada.
Justin contemplaba el aparato como si escupiera fuego o fueran a brotarle cabezas.
¿Julie estaba allí? ¿Y lo llamó Juju?
Su pensamiento pasó de estar congelado a la hiperactividad en cuestión de nanos segundos. Rodeó el escritorio y se encontró con Julie corriendo a su encuentro. Chocando al reunirse en medio de la oficina.
La alzó y giró con ella en brazos hasta que Julie chilló de lo mareada que estaba. Se detuvo, apoyó sus cabezas juntas sin dejar de mirarse ni un instante… fue bajándola, resbalando por su cuerpo hasta posarla con delicadeza de nuevo en el suelo.
Permanecieron abrazados así, por segundos, minutos, quién podría decirlo.
—Hola Juju —sonrió Justin.
—Hola Juju —respondió Julie.
—Estamos en California, muy cerca de Hollywood, creo que ese sobrenombre es bastante oportuno ¿no crees?
—Totalmente de acuerdo.
Él la miraba confundido, por no saber qué pasaría con ellos a partir de ese momento. Esperanzado, porque estar allí, juntos, ya era un paso muy importante. Feliz de tenerla entre sus brazos, su lugar en el mundo. Inquieto, ya a estas alturas no sabía cúal era el momento para hablar de todo ello.
—Julie… me encanta que estés aquí, estaba volviéndome loco de no poder hablar contigo, yo…
—Sé por qué volviste exactamente y no hay nada más que explicar…
—Me preocupan las distancias… tenemos vidas hechas en puntos extremos del país.
—Podemos mudar tus oficinas, y yo podría inaugurar un museo en alguna parte de Midpoint en la Route 66, así estamos justo a mitad de camino o…
—Podemos intentar una nueva vida a pesar de las casi dos mil trescientas millas que nos separan… ya resolveremos el cómo y el dónde, por ahora lo único que me interesa es con quién.
—¿A sí? ¿y quién será la afortunada? —sonrió coqueta.
—Tú mi Juju, siempre fuiste tú. Toda mi vida antes de ti no tiene sentido, solo sirvió para conducirme a ti, de nuevo. Lamento haber perdido tanto tiempo, solo puedo jurarte por este amor, que pasaré cada día del resto de mi vida, compensándote y demostrándote que eres lo más importante en el mundo para mí, no hay nada en este mundo ni fuera de él que vaya a separarme de tus brazos. Nunca más. Te amo desde simpre y por siempre mi Julie.
—Y yo a ti, mi Juju…



Fin
Encontrarás los demás relatos que forman parte de esta Antología 
Amor Sobre Ruedas Navideña en

 




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